
Ciudad de México, 4 de mayo (SinEmbargo).- Fue el encantador Calogero en A Bronx Tale, el filme donde un atribulado conductor de microbús encarnado por Robert De Niro, no podía dormir pensando en las consecuencias que tendría la amistad de su hijo con el mafioso más poderoso del barrio.
Hablar de Lillo Brancato, nacido hace 38 años en Bogotá, Colombia, es referirse al pasado y contar que fue un gran actor, de esos que prometen un futuro luminoso en el cine y en el teatro.
Ahora sólo es un ex actor, preso por estar involucrado en el cruel asesinato de un oficial de policía que se encontraba fuera de servicio.
En el conflictivo barrio neoyorquino del Bronx donde se produjeron los hechos el 10 de diciembre de 2005, el actor permaneció hospitalizado con heridas de bala tras un grave enfrentamiento con el agente Daniel Enchautegui, quien murió de un disparo que salió de la pistola de Steven Armento, con quien Lillo había ido a asaltar una casa en busca de drogas.
Brancato no estaba armado, por lo que fue acusado de asesinato en segundo grado y robo y finalmente condenado en 2009 a pasar 10 años en prisión. Su compañero cumple cadena perpetua.

Al igual que sucedió con el recuperado Robert Downey Junior y con el malogrado Philip Seymour Hoffman –quien perdió la batalla contra las adicciones y murió a principios de año-, Brancato fue presa de la heroína a edad temprano y durante un tiempo pudo combinar sus hábitos con participaciones en series de televisión.
En Los Soprano encarnó a Matt Bevilacqua, un gángster de poca monta que Tony y un secuaz cosen a balazos en un almacén abandonado.
Precisamente, entre las muchas cosas que se perdió Lillo por estar preso estuvo el funeral de James Gandolfini (1961-2013), que tuvo que ver por televisión desde el Correccional Hudson.
“Era un hombre humilde, muy distinto al capo mafia que encarnaba”, alcanzó a decir Brancato desde la cárcel cuando se enteró del repentino fallecimiento de la estrella de Hollywood, quien dejó este mundo a causa de un infarto fulminante cuando apenas tenía 52 años.
“Cuando hicimos la escena del asesinato, me aterró. Nunca lo había visto así. Cuando terminó, vino a abrazarme y a felicitarme porque lo había hecho bien”, recordó Lillo.
LOS CAMINOS DE LA VIDA
Si es por error, la propia vida de Lillo, que los periódicos estadounidenses consideraron en su momento la expresión de un talento malgastado demasiado pronto, parece una equivocación, la muestra de una valiosa pieza quebrada irremediablemente y que ahora intenta reconstruir con mucho esfuerzo.
Desde la muerte absurda y trágica del agente de policía, Lillo Brancato ha dejado de ser una personalidad simpática para los amantes del cine y la televisión. Por tanto, no le resultará fácil volver a conquistar al público pese a que la justicia lo absolvió en la acusación de asesinato y en diciembre le ha proporcionado la libertad condicional.
En una reciente y muy difundida entrevista televisiva, el joven actor contó que dejó totalmente las drogas en 2006, en la prisión. Si es cierto se trata de un caso similar vivido por Downey Junior, quien varias veces agradeció a sus compañeros de celda la ayuda que le proporcionaron sus compañeros de celda en la lucha difícil por abandonar las adicciones.
Entre las tareas de reinserción social que se ha propuesto Brancato está el ofrecer charlas a estudiantes universitarios y advertirlos sobre el peligro de las drogas, para evitar de ese modo que cometan sus errores.
No se conocen proyectos artísticos en los que esté involucrado y si habrá algún productor dispuesto a llevarlo al cine otra vez.




