El deseo del historiador de donar su gran biblioteca y convertirla en un centro de investigación para jóvenes, ha dado lugar a desencuentros entre sus familiares. Su viuda Reyna Olvera insiste en que el acervo permanezca en Coatepec, mientras que su hija Yuriria se inclina por donarlo al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
Por Judith Amador Tello
En la céntrica calle de Nicolás Bravo de este municipio, como a la espera de que algunas manos los abran, otros ojos los lean y nuevas mentes se ilustren con sus conocimientos, se encuentran los más de treinta mil volúmenes que a lo largo de su vida atesoró el historiador José E. Iturriaga Sauco. Parecieran aguardar mejores tiempos.
Hace falta, en principio, resolver los conflictos que a la muerte del también sociólogo, diplomático e impulsor del rescate del Centro Histórico de la Ciudad de México se desencadenaron en su familia. Las posiciones se han polarizado: De un lado su primogénito Renato Iturriaga de la Fuente, su viuda Reyna Olvera Macías y el hijo de ella Erick Valdez Olvera expresan su deseo de que el vasto acervo se quede en Coatepec.
En el otro, su hija Yuriria Iturriaga (quien dice representar a su madre María Eugenia de la Fuente y a sus hermanos José, Gabriel y Carmina) afirma que hará lo necesario para que la biblioteca se traslade a la Ciudad de México, ya sea a la Biblioteca de México en la Ciudadela o a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Y llama al gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, a no condenarla en lo que considera “un secuestro definitivo”.
Todos, sin embargo, afirman no pretender la biblioteca para sí mismos o sus intereses personales; por el contrario, querer cumplir con la voluntad de Iturriaga, quien en repetidas ocasiones, de manera pública, en reuniones privadas entre amigos e incluso en documentos expresó su interés por donarla: A la UNAM (a mediados de la década de los setenta en el siglo pasado); a la Universidad Veracruzana (hace unos años), y a Coatepec (poco antes de morir).
A la escalada de desacuerdos familiares precede el hecho de que al poco tiempo del fallecimiento del historiador su cuerpo fue exhumado. Según el columnista Manuel Rosete Chávez, del Observatorio Político de Veracruz, “uno de sus hijos promovió un juicio... sospechaba que lo habían envenenado (su esposa en complicidad con un funcionario del gobierno estatal) para quedarse con la biblioteca... Los estudios que se hicieron al cuerpo de don Pepe no demostraron nada y volvió a ser sepultado...”
En la Fiscalía Central de Investigaciones para Homicidios de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (dado que Iturriaga fue sepultado en el Panteón Jardín de dicha entidad), se inició la indagatoria FCIH/1/T1/00015/11-05. Antropóloga de profesión, Yuriria Iturriaga dijo a Proceso en entrevista en su casa de Coyoacán que ella la promovió, pero no contra personas específicas sino “contra quien resulte responsable”, pues quería saber con exactitud las condiciones en las que murió su padre.
En la biblioteca en disputa, Reyna Olvera y su hijo Erick cuentan a su vez que el historiador falleció por complicaciones intestinales propias de su edad, 99 años, y que así consta en los reportes médicos. Agregan que la investigación no arrojó nada distinto. Se queja la viuda de que la intención fue inhabilitarla judicialmente para el juicio civil por el acervo, pero que nunca se le llamó a declarar. Y puso énfasis en que la hija ya no apeló.
Se le preguntó a la antropóloga si quedó satisfecha con los resultados.
“No es cuestión de quedar satisfecha, en todo caso ahí se paró la investigación y soy incapaz de interpretar los resultados porque no quedó muy explicado por qué estaba morado, por ejemplo, pero ni modo.”
La manzana
El 3 de diciembre de 2010, al recibir por parte del Poder Legislativo de Veracruz y de manos del gobernador la medalla Adolfo Ruiz Cortines en una sesión solemne, cuya versión estenográfica se encuentra en el Diario de Debates, expresó ante los dos poderes:
“He decidido donar a Veracruz mi biblioteca y hemeroteca particular, que consta de más de 30 mil volúmenes, junto con el inmueble que los alberga en nuestro querido Coatepec.
“Mi deseo es que ahí se puedan formar más jóvenes afines al ideario ruizcortiniano.”
El pasado 21 de abril, en la glorieta de la ruta Jalapa-Xico que lleva el nombre del historiador, se develó un busto en bronce con su efigie realizado por la escultora Edith Berlín, en un homenaje en el cual participaron Renato Iturriaga, Reyna Olvera, Adolfo Mota (secretario de Educación Pública de Veracruz), y Edgar Vázquez (de la Asociación Amigos de José. E Iturriaga).
Ellos coinciden (ante la interpretación contraria de Yuriria) en que Iturriaga decidió dejar su acervo en Coatepec, dentro del inmueble construido para ese fin a un costado de la casa que habitó hasta su muerte. Los discursos apuntaron en ese sentido. Renato Iturriaga, no sin subrayar que habló como primogénito y no en representación de toda la familia, explica en entrevista que se ha deslindado de la disputa y que así lo expresó en una carta abierta publicada en el Diario de Jalapa.
Ahí “expresamente digo que creo firmemente que la voluntad de mi padre, auténtica, es que esta biblioteca se quedara en Veracruz, en Coatepec. En un momento dado él era un poco ambiguo porque hablaba de la universidad y de Coatepec, entonces es cosa de precisar, pero no veo ninguna razón por la cual no se quede aquí en Coatepec”.
Iturriaga Sauco no alcanzó a formalizar ante notario la donación y es, a decir de su hijo Renato, lo que sus hermanos alegan. E insiste en que no es “gestor, ni albacea, ni quien deba hacer lo necesario para que esto ocurra”, pues no tiene ganas de enfrentarse con “gente que están muy obcecadas, prueba de ello es que tengo años de no cruzar palabra con ellas. Y bueno, eso tendrá que resolverse, por eso sí doy la cara, por eso estoy aquí”.
–¿Su padre siempre tuvo claro que quería donar la biblioteca?
–Sí, sí. Lo dijo públicamente en el Congreso del estado, lo dijo en esta glorieta, frente a los medios, frente al presidente municipal. Lo único que puedo añadir es que en privado también lo dijo, pero mi testimonio no puede ser más fuerte de lo que él ya dijo aquí y en el Congreso.
El secretario de Educación de Veracruz habló en representación del gobernador:
“Traigo atravesada desde hace mucho tiempo la idea y este es el lugar ideal para decirlo, que como amigos de don Pepe estamos más que claros que el fedatario número uno de este estado es el gobernador, son los dos poderes, y son quienes están investidos de dar fe de la voluntad de los seres humanos, de los veracruzanos, esa voluntad de don Pepe que se representa en su biblioteca, en sus libros, en su conocimiento, y estoy seguro que todos debemos hacer cumplir porque era su voluntad y porque esta voluntad iba cargada del cariño y del afecto hacia los coatepecanos y hacia los veracruzanos.”
Sin embargo, al ser entrevistado sobre las causas por las cuales no se cumplía aún esa voluntad esgrimió no tener conocimiento, pues “no es un tema que sea de mi área, simplemente digo y he dicho hoy que la voluntad de don Pepe fue muy expresa, pero es un asunto más particular, de carácter privado... Ahí yo no tendría ningún comentario”.
–Usted acaba de decir que él la donó públicamente y que el gobernador sería…
–Es el fedatario número uno de los veracruzanos –interrumpe–. Esa es la voluntad de don Pepe, lo dejó expreso porque así lo dijo en la Cámara de Diputados.
E insistió en que “lo demás” son asuntos de carácter familiar que espera se resuelvan para cumplir la voluntad de Iturriaga, pero no corresponde a su secretaría hacer nada. Se le pregunta si tras la donación ante el Congreso la biblioteca es ya “oficialmente” del gobierno del Estado, y si acaso, de formalizarse, no sería un espacio a cargo de su dependencia.
“Como funcionario público yo en temas jurídicos tengo un conocimiento vago respecto de las situaciones que se dan (sic). Lo que le puedo decir es eso y señalar que a nosotros nos consta la voluntad de Iturriaga y tan nos consta que estamos aquí. Y le declaro como funcionario y le declaro como uno de sus discípulos más, pero las cuestiones familiares son cuestiones familiares y esas no se concilian desde el ámbito de mi competencia.”
Olvera cuenta a este semanario que Iturriaga Sauco sí acudió ante el notario a fin de formalizar la donación y se elaboró el acta, pero se retrasó la firma por una cuestión: Aunque dice que el intelectual se divorció de su primera esposa para casi al final de su vida casarse con ella, los bienes no se separaron formalmente. Así pues, el acta mencionaba a Iturriaga como apoderado de María Eugenia de la Fuente, a lo cual él se negaba. Ella insistió con el notario para que los cambios y trámites se agilizaran pero acusa a éste de haberlos retrasado intencionalmente:
“Mi marido dice: No quiero que aparezca su nombre en esta donación porque ella no tiene nada que donar. Luego se le hizo entender: Tiene que ser así porque se firmaron poderes (la señora De la Fuente a él). Pero él no quería ese párrafo, le dijo al notario que lo cambiara. Era algo tan sencillo, no sé, yo creo que los hijos se enteran y desde entonces el notario nos dio largas para firmar el documento. Yo me confié de la buena fe del notario y no se firmó.
“Lo que querían ellos, ellos sí son listos, saben cómo es esto, que al morir la persona, si no se ejerce el poder, vence. En eso se han montado para decir que la biblioteca es de ellos porque su papá no ejerció el poder que le dio su mamá y que la biblioteca es de su mamá.”
Argumentos de peso
Yuriria Iturriaga recordó durante la entrevista y en un documento entregado a este semanario que en 1975 Iturriaga y Eugenia de la Fuente donaron a la UNAM la biblioteca, junto con su propiedad ubicada entonces en la Plaza de Santa Catarina 7, en el centro de Coyoacán, para formar el Centro Mexicano de Estudios sobre los Estados Unidos. Y dijo que así consta en los dos únicos testamentos existentes.
Informó que queriendo tomar anticipadamente posesión del legado, el entonces presidente Luis Echeverría nombró al escritor Fernando Benítez como responsable, quien se presentó un día a decirle al historiador que “cambiaran” de casa: él y su esposa Georgina se quedarían en la de los Iturriaga y viceversa. Pero la propuesta los disgustó.
En 2008, ya viviendo en Coatepec, el intelectual dona el acervo a la Universidad Veracruzana con la condición de que se quedara en el recinto que le había construido en Coatepec. La respuesta del rector Raúl Arias Lovillo fue que resultaba un “costo económico significativo” hacerse cargo de ella bajo esas circunstancias y propuso trasladarlo a las instalaciones de la universidad, lo cual no aceptó Iturriaga.
La última vez que expresó públicamente el deseo de donar la biblioteca fue ante el Congreso veracruzano. A decir de la antropóloga, su padre le mostró en alguna ocasión cómo deseaba delimitar el terreno de la biblioteca del de su casa para crear un centro de investigación. Quería que tuviera una antesala y el acceso por el jardín con el fin de no restar espacio a los estantes. Se ha dicho que incluso aceptó con dificultad un limitado número de ventanas por la misma razón.
El 8 de enero de 2011, ante la Notaría No. 2 y del Patrimonio Inmobiliario Federal de Coatepec, vendió su casa al hijo de Reyna Olvera, Erick Valdez, quien explica que ahora queda libre únicamente el terreno de la biblioteca y se le tendría que abrir un acceso por donde hay actualmente un baño, “de lo contrario tendríamos que ceder el acceso por la puerta principal”.
Para Yuriria ésta es una prueba de que su padre, a quien mencionó como “don José”, él ya no quería que su biblioteca se quedara en Coatepec:
“...Es de toda evidencia que si hubiera querido donar su biblioteca con el inmueble, como expresó ante el Congreso veracruzano, no habría ‘ahogado’ la primera entre cuatro muros sin luz ni entrada propia y, desde luego, lo habría hecho al mismo tiempo en que se realizó el acto jurídico a favor del señor Valdez, pero entonces no existía ni existe aún una ‘Fundación’ capaz de conservar, administrar, promover la investigación de nacionales y extranjeros, como a la que él sí le hubiera entregado ante notario su legado material e intelectual.”
Aseguró que si su padre no hubiera vendido la casa, ella y sus hermanos estarían de acuerdo en que se quedara ahí la biblioteca, convirtiendo aquella en una especie de Villa Médicis, donde investigadores de México y el extranjero pudieran hacer residencias, como era el sueño del historiador. Para ella es evidente que, al vender la propiedad, don José ya había desechado este proyecto. Y señaló respecto de un testamento o acta notarial: No los hizo porque estaba conciente de que existían los de 1975 y 1976.
Al comentar que su deseo es que la biblioteca del historiador vaya a la Biblioteca de México, donde la titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Consuelo Sáizar, está construyendo la llamada “Ciudad de los Libros”, se le preguntó si espera una retribución económica como la que se ha dado a otras colecciones (la de José Luis Martínez costó, por ejemplo, más de 20 millones de pesos, y la de Jaime García Terrés 16).
Respondió que no sabe si Sáizar quiera comprarla, pero si no, “se la regalamos”. Aunque si decide “darle a los familiares una indemnización, no estaría mal porque mi madre no tiene pensión, ni seguro médico”. Y dijo que no pelea más, ni cuentas del banco, ni las acciones de América Móvil que tuvo su padre, pero no está dispuesta a abandonar la biblioteca. E instó al gobernador y al secretario de Educación a impedir que “su desconocimiento de los hechos pueda involucrarlos en una situación delicada”.
La cuestión es si el dicho de Iturriaga ante el Congreso veracruzano tiene o no valor jurídico por encima de un notario público: El exdiputado Edgar Vázquez, quien participa en la creación de una asociación civil que se encargaría de la biblioteca, de quedarse en Coatepec, y del Centro de Estudios José Iturriaga, que se formaría, dice que han consultado abogados y juristas que aseguran la validez de ese dicho y plantean la posibilidad de que el gobierno del Estado emita un decreto para hacerse de la biblioteca.
–Apro





