Ciudad de México, 5 de ene (SinEmbargo).- Su propia autobiografía comenzaba con una frase contundente: "yo soy tres".
Charlies Mingus murió un día como hoy, en 1979, como consecuencia de una enfermedad degenerativa; una “esclerosis amiotrófica”, una verdadera ironía si se toma en cuenta que dicho padecimiento lo postró en una silla de ruedas, incapaz de tocar un contrabajo, el instrumento que lo lanzó a la inmortalidad.
Mingus –quizá de los pocos músicos en la historia de la música moderna tan disciplinado que se oponía a la idea de drogarse o beber antes de actuar; e incluso casado con una mujer blanca– irónicamente se encontraba condenado a decaer lentamente y no de manera explosiva como muchos de sus contemporáneos.
La última morada de Mingus fue en Cuernavaca, México: un lugar en el que extrañamente pasaron sus días otros grandes como Malcolm Lowry; un cementerio de elefantes para genios que tuvo al reconocido jazzista en su lista de invitados distinguidos.
Charles Mingus, nació el 22 de abril de 1922 en Nogales, Arizona, muy cerca de la frontera con México. Sus abuelos maternos poseían nacionalidades chinas y británicas mientras que los paternos eran de origen sueco y afroamericano respectivamente. No obstante, su crianza, en California fue severa y racista, lo suficiente como para que cambiara el chelo de su formación musical inicial por el contrabajo.
Escuchando a Duke Ellington, descubrió que existía otra música mas allá de la escuchada en su formación, tras lo cual decidió aprender de Red Callender, un magnifico contrabajista de la era del swing, para luego aventurarse a la ciudad de Nueva York, que desde entonces era un punto de unión de ideas y artistas de todas partes del mundo.
Pithecanthropus Erectus, lo puso en el mapa musical y a él le siguieron obras maestras como The Clown (1957), New Tijuana Moods (1957), Mingus Ah Um (1959), Blues & Roots (1959), Mingus at Antibes (1960), Charles Mingus Presents Charlie Mingus (1960) o el considerado por muchos críticos su obra maestra, The Black Saint and the Sinner Lady.
Más de 30 años después de que decidiera encantar al mundo como uno de los músicos más inovadores, sus cenizas fueron esparcidas en el río Ganges de la India. Una decisión poco común y acorde a un hombre que, además de regalarle al mundo composiciones maravillosas, fue uno de los más fuertes activistas en contra del racismo imperante en Estados Unidos a mediados del siglo XX.





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