
Ciudad de México, 29 abr (SinEmbargo).- “La relación entre los Estados Unidos y México no se puede tratar en blanco y negro. Es compleja y está cargada de matices”, dice la periodista mexicana afincada en Washington Dolia Estévez, autora del reciente libro El embajador (Planeta).
Se trata de una reseña con entrevistas a los diplomáticos estadounidenses que han marcado el ritmo del vínculo entre la gran potencia del norte y nuestro país a lo largo de los últimos 34 años.
“Algunos de los cuestionamientos resultaron tan espinosos que los entrevistados prefirieron guardar silencio, pero aun en esos casos, los silencios resultaron casi tan reveladores como la posible respuesta”, afirma el historiador y a la sazón prologuista Lorenzo Meyer.

Estévez, una profesional experta en temas de política internacional, colabora regularmente en la revista Poder y Negocios y en Noticias MVS. Inició su carrera en 1989 como corresponsal de El Financiero y comentarista de Radio Monitor.

Es su oficio y su instinto los que construyeron este interesante trabajo, motivada por la convicción de que “los embajadores son personajes clave en la relación Estados Unidos-México”.
“La intención del libro es narrar una historia oral de lo que sucedió, de acuerdo a cómo ellos lo vieron a lo largo de 34 años”, dice Estévez en entrevista con SinEmbargo.
La lectura de El embajador, toda vez que revela costados impensados al menos por el gran público, una esfera donde se tiene la idea de que los tratos entre las naciones tratadas son fluidos.
“Si, para afuera las relaciones fluyen –concede Estévez-, pero lo cierto es que la principal característica de la relación es que no tiene opción de divorcio. Por lo tanto, como en todos los matrimonios, hay tensiones. Y esas tensiones son las que analizo en el libro. Claro, nunca son lo suficientemente fuertes como para generar un rompimiento, pues, insisto, no existe esa posibilidad”.
– Bueno, las cosas con el embajador Carlos Pascual y Felipe Calderón casi generan una ruptura…
– Es cierto eso, pero todo el desencuentro se generó por la personalidad de Felipe Calderón. Ahora que ya no es presidente tenemos más información acerca de lo iracundo y “berrinchudo” que era. De ese modo encaraba las relaciones diplomáticas. Washington se lo aguantó, porque Calderón le había dado demasiado a Washington. Entre otras cosas, le había dado la iniciativa Mérida. Okey, estás enojado con Carlos Pascual por Wikileaks, porque tiene una relación amorosa con la hija de un político opositor tuyo, está bien, fue un poco el sentir del gobierno estadounidense. Nunca hubo química entre Calderón y Pascual. En mi opinión, el tema de Wikileaks fue la gota que derramó el vaso, pero los desencuentros venían desde mucho antes.
– Entre las cosas que le dio Calderón a Estados Unidos, ¿le dio La Guerra del Narco?
– Mira, La Guerra del Narco fue idea de Calderón. Estados Unidos se la compró rápidamente, sin ningún problema, pero jamás se la hubiera impuesto. En el 2006, lo primero que hace el presidente de México es mandar las tropas del ejército a Michoacán. En 2007 se reúne en Mérida con George Bush, que ya iba de salida, pero ya tenía la decisión tomada. No fue consultada con los Estados Unidos, fue una medida totalmente unilateral y soberana. Hay una teoría en torno a la falta de credibilidad con la que Calderón asumió el gobierno, con un margen muy pequeño de votos y sin ser reconocido hasta la fecha por su principal opositor Andrés Manuel López Obrador. La mejor manera que tiene un mandatario de legitimarse es usando la fuerza de las tropas. Esto lo hace Calderón antes de la iniciativa Mérida. Que no se quejen luego diciendo que Estados Unidos interviene. Sí, interviene, pero a invitación muchas veces de las autoridades mexicanas.
– En el libro entrevistas a Antonio Garza, quien estuvo casado con la mujer más rica de México (María Asunción Aramburuzabala, dueña de la Cervecería Modelo)…
– Sí, fue un romance apasionado, casi adolescente. Pasó la calentura, pasó la fantasía del romance entre la millonaria y el embajador y no hubo más. Vienen de mundos muy distintos. Una rica descendiente de familias españolas y él, un tejano hijo de inmigrantes pobres…
– ¿Cómo se hizo el libro?
– Sin tratar de poner crema a mis tacos, hice lo que ningún colega hizo porque resulta un trabajo muy arduo y es desclasificar documentos. Hay una ley en los Estados Unidos llamada Ley para la Libertad de Información que te permite tener acceso a muchos documentos oficiales. Y empecé a usar esa ley mucho antes de que pudiéramos hacerlo a través de Internet. Hacía cartas a máquina y enviaba las solicitudes. Ese trabajo me creó intriga, quería saber cómo los distintos embajadores estadounidenses vivieron hechos como el asesinato de Colosio o el fraude electoral de 1988 y de todo eso hablé con ellos. Tengo conocimiento de la historia contemporánea de México, pero además de eso estudié los casos particulares, para conocer algo más de lo que ya se conoce.
– Esta desclasificación de documentos, ¿te permitió vislumbrar un lenguaje característico en la relación México-Estados Unidos?
– Sí, hay un doble mensaje por parte de ambos. Lo que pasa es que allí está mucho más avanzada la transparencia, así como el derecho a la información. Obviamente en el tiempo reciente aparecieron los informes de Wikileaks, pero los míos son de mucho antes y obtenidos de forma legal.
– ¿Cómo ves las relaciones con Estados Unidos y con el resto del mundo en general a la luz del actual gobierno?
– Bueno, la propaganda del PRI es que todo mejorará porque eso constituye una baza fuerte de su tradición, pero el funcionario que nombró Enrique Peña Nieto al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores no es un diplomático de carrera ni un político avezado. José Antonio Meade no sabe nada de seguridad, pues su especialidad son las finanzas y la economía. Entonces, quizás mejoren las cosas desde el ámbito económico, pero en el tema de derechos humanos, donde México tiene muy baja calificación, no sé francamente qué va a hacer Meade.





