MICROHISTORIAS: CURIOSIDADES DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX

11/05/2013 - 12:00 am

Fantástico animal

Fue el acontecimiento más espectacular de 1800. La Nueva España recibió en su extenso territorio aquella exótica criatura. Se sabía de su existencia por grabados o descripciones de viajeros. La Gazeta de México lo anunció como el animal “nunca visto en estos reinos”. Era una dócil elefanta de diez años de edad, que caminó cadenciosamente por las ciudades virreinales al comenzar el siglo XIX. “Su mansedumbre es admirable –informaba la Gazeta- obedece y responde en cuanto le indican, échase en el suelo cuando se lo mandan, y se mantiene en esta postura hasta que le ordenan la deje”. Era una elefanta golosa: disfrutaba los bizcochos y bebía toda clase de licores. Fue la sensación de la Nueva España durante varios meses y el destino la llevó por varias ciudades asombrando a la gente.

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Invitación al más allá

Entierro de un hombre en el siglo XIX, litografía de Claudio Linati
Entierro de un hombre en el siglo XIX, litografía de Claudio Linati

Se necesitaba un impresor dispuesto a sacrificar su tiempo, con la disposición de responder a los clientes con eficiencia y sobre todo con puntualidad a cualquier hora del día o de la noche. En apariencia, la idea no era nada atractiva. Sin embargo, analizándola con calma, la idea era buena y el negocio podía ser sumamente rentable: finalmente muertos siempre habría. El Diario de México, en su edición del día 31 de octubre de 1807, propuso la idea de repartir invitaciones para asistir a las honras fúnebres de algún fallecido. Como si fuera una fiesta, una boda o un bautizo, los deudos hacían del conocimiento de familiares y amigos el deceso de alguna persona, esperando su asistencia al entierro. El machote de la invitación era inmejorable: “Muy señores míos de mi mayor veneración y respeto. La divina majestad de nuestro redentor Jesucristo, se ha servido de llevarle el alma, a (aquí iba el nombre del difunto), el cual es cadáver, y para darle sepulcro a su cuerpo he de merecer de ustedes su asistencia que así espero lograrla en el día de mañana a las nueve del día que contaremos, a once del corriente. Celebro esta ocasión pues me franquea la de lograr sus asistencias y deseándoles la más perfecta salud y que la divina Majestad de nuestro señor Jesucristo se las facilite innumerables años”.

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Duelo entre bestias

Combate entre bestias, grabado del siglo XIX
Combate entre bestias, grabado del siglo XIX

Comenzaba la década de 1830, cuando cerca de diez mil espectadores abarrotaron el coso de San Pablo, en la ciudad de México, para presenciar lucha entre un toro mexicano y un tigre. Para hacer más intensa la batalla, el tigre fue obligado al ayuno. El toro fue recibido en medio de ovación escandalosa y el tigre, dando un tremendo rugido, saltó sobre el lomo del astado haciéndolo sangrar. La multitud enardecida gritaba exigiendo al moribundo animal que sacara a relucir su casta. “El toro –escribió Guillermo Prieto- parece que comprendió y con un esfuerzo inexplicable, súbito y acaso pudiera decirse sublime, desencajó al tigre de su lomo, lo derribó y hundió una y diez mil veces sus aceradas astas en el vientre del tigre, regando sus entrañas por el suelo”.

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Un “coyotito”

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Batalla de San Jacinto

En abril de 1836, luego de la victoria en El Álamo, el general Antonio López de Santa Anna y sus tropas llegaron hasta la región de San Jacinto con la intención de acabar definitivamente con la rebelión de Texas. Sin tomar las debidas precauciones, Santa Anna estableció su campamento a 800 metros del enemigo. Pero “como el cansancio y las vigilias producen sueño” -escribió tiempo después Santa Anna- decidió dormirse “un ratito” para reponerse. Al despertar, Texas se había perdido. Los rebeldes tejanos aprovecharon el momento para lanzar su ataque y tomaron prisionero a Santa Anna. Con el aval de Washington, Samuel Houston y los texanos presentaron al infortunado general mexicano los tratados de Velasco. Santa Anna no lo pensó dos veces y ofreció todo sin pedir nada: se comprometió a resolver definitivamente el conflicto con Texas, reconocer su independencia y nunca más tomar las armas en contra de la nueva república, que en 1845, se unió a Estados Unidos.

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El exilio de una momia

El número, sin duda, era cabalístico: trece. Los cuerpos encontrados en el panteón del convento de Santo Domingo de la ciudad de México en 1861, eran de 13 frailes dominicos que permanecían perfectamente momificados por obra y gracia de la naturaleza. Sin saber a ciencia cierta quiénes eran aquellos personajes, Juan José Baz, gobernador del Distrito Federal decidió venderlas a un italiano dueño de un circo. Feliz con su novedosa atracción, el europeo viajó a Sudamérica cuando en México estaba por iniciar la intervención francesa (1862). Los años de la guerra y del imperio de Maximiliano acabaron con el recuerdo de las famosas momias de Santo Domingo. Sin embargo, en 1867, al triunfo de la república, Juan José Baz –nuevamente gobernador del DF- fue informado de que una de las trece momias era el cadáver del célebre patriota insurgente Fray Servando Teresa de Mier, muerto en 1827. El gobernador hizo lo humanamente posible por recuperar los restos del conocido intelectual pero todo fue inútil: el ajetreo de los viajes, las giras del circo, los diversos climas y el tiempo los habían desaparecido de la faz de la tierra.

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La loba feroz

Bosque de Chapultepec en el siglo XIX, litografía de Casimiro Castro
Bosque de Chapultepec en el siglo XIX, litografía de Casimiro Castro

Era el año de 1824 y el bosque de Chapultepec y su Castillo padecían el más terrible abandono. El lugar era cuidado por un guardabosques que vivía con su familia. El hombre dejó su casa para realizar su ronda cotidiana cuando una loba rabiosa se arrojó sobre sus niños y dos viejitas que vivían con ellos. Al escuchar los gritos de desesperación, don Ignacio corrió hasta el Castillo y se encontró con una terrible escena: sangre esparcida por todos lados, los niños tirados en el piso y la loba encima de una de las ancianas que intentaba arrojarla hacia el vacío. Don Ignacio disparó su arma pero falló. La loba, loca de furia, saltó sobre el cuello del hombre y comenzaron a revolcarse por el suelo hasta que la hermana atravesó el cuerpo de la fiera con una navaja. Con excepción de don Ignacio y de su hermana, ninguno de los otros miembros de su familia sobrevivió. La terrible noticia conmocionó a la sociedad capitalina de aquellos primeros años del México independiente.

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No descansó en paz

El escritor Francisco Zarco
El escritor Francisco Zarco

La nación amaneció de luto aquel 22 de diciembre de 1869. La clase política, la masonería, decenas de periodistas y buena parte de la sociedad capitalina acompañaron el cortejo fúnebre del célebre político Francisco Zarco. La gente se retiró del panteón de San Fernando sin saber que la caja que vieron descender en la fosa no contenía el cuerpo de Zarco. El cadáver previamente embalsamado, vestido con levita y un gorro, había sido colocado frente a una mesa –como si estuviera escribiendo- en la casa del diputado Felipe Sánchez Solís, amigo íntimo de Zarco. Durante varios meses, la macabra escena se repetía: al llegar a su hogar, el diputado Sánchez Solís tomaba algún libro o despachaba su correspondencia junto a su embalsamado amigo. El macabro espectáculo terminó cuando el diputado fue convencido de darle cristiana sepultura a Zarco, lo cual ocurrió 6 meses después de fallecido.

Publicado por Wikimexico / Especial para SinEmbargo

Redacción/SinEmbargo

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