“La diplomacia digital se ha vuelto fundamental para que los actores diplomáticos, desde un jefe de estado hasta un embajador, usen las redes sociales para alcanzar audiencias de manera inmediata…” Foto: Presidencia

La pandemia del COVID-19 irrumpió en el momento en que la diplomacia pública ganaba cada vez más terreno a la diplomacia tradicional. Esta nueva forma de diplomacia no es otra cosa que una herramienta que ayuda al posicionamiento de un estado, al influir o informar a un público extranjero para convencerlo de aceptar valores o ideas que legitimen acciones de política exterior. Asimismo, la diplomacia pública se apoya en áreas como la cultural, el turismo, la tecnología, el deporte, entre otras. En este sentido, los efectos del virus SARS-CoV-2 ha acelerado la preponderancia de la antigua a la nueva diplomacia, en tres aspectos: la publicidad y difusión de negociaciones internacionales o estrategias diplomáticas; el surgimiento de la diplomacia del COVID-19; el auge de la diplomacia digital.

Primero, las restricciones sanitarias imposibilitan las reuniones personales, cerradas, casi secretas, tan características de la diplomacia tradicional; ahora las comunicaciones entre los funcionarios de cualquier nivel alrededor del mundo se sostienen por plataformas digitales. Aunque estos encuentros remotos tengas restricciones de ingreso, sabemos que todo lo que se encuentre en la red es potencialmente público. Esto ha obligado en gran medida a los países a dar mayor publicidad y difusión al contenido de sus negociaciones y posturas, algunas veces obligados por haber sido evidenciados en algún foro internacional, otras de manera proactiva para armonizar su discurso público con el privado. Por ejemplo, hace unos meses, la secretaria de Energía de México, Rocío Nahle, informó a la opinión pública nacional la postura sostenida por ella en la reunión OPEP+México y el reconocimiento internacional para su intervención y el país. De inmediato, se mostraron en las redes sociales fragmentos de dicho encuentro virtual, que no parecía coincidir con los dichos de la funcionaria. Tras esta situación, al Gobierno mexicano no le quedó más que matizar los dichos originales de Nahle y ampliar las explicaciones de su toma de decisiones en esa reunión. Otro ejemplo, ahora positivo, de la publicidad y difusión de la diplomacia mexicana es que la Secretaría de Relaciones Exteriores dio a conocer la agenda de la visita oficial del presidente Obrador a EUA con más de 24 horas de anticipación. Lo anterior ante las dudas suscitadas por el encuentro entre los mandatarios de ambos países y el inmenso número de rumores y especulaciones sobre los detalles de la reunión y sus simbolismos.

En segundo lugar, la experiencia fructífera de algunos países en el tema del COVID-19 los ha dotado de respetabilidad y autoridad mundial, misma que algunos han utilizado para tratar de influir en el extranjero, convirtiendo al manejo la epidemia en una estrategia de diplomacia pública e incluso interviniendo la conversación en internet para filtrar versiones conspiradoras sobre el brote de este virus, culpando a algún estado. Es decir, ha surgido la diplomacia del coronavirus, que no se irá hasta que los contagios se detengan y de la que he hablado aquí anteriormente. A la lucha de países como Japón, Arabia Saudita y Corea del Sur, que están utilizando lobbies para promover en esferas influyentes sus esfuerzos para mitigar la imagen de la pandemia del Coronavirus y salvaguardar su reputación; y al esfuerzo de China por reconstruir su imagen deteriorada como país de brote, a base de ser el actor mundial que más cooperación internacional y suplementos médicos provee, se puede sumar la disputa mundial entre diversas potencias, como China, EUA y Alemania, por desarrollar la vacuna que resuelva la emergencia sanitaria.

Por último, la diplomacia digital se ha vuelto fundamental para que los actores diplomáticos, desde un jefe de estado hasta un embajador, usen las redes sociales para alcanzar audiencias de manera inmediata, y así, enviar de manera efectiva los mensajes y tratar de controlar la narrativa de una situación que quieren comunicar a sus sociedades y al mundo. Lo anterior, en un momento en que los usuarios de internet están volcados en sus redes sociales por el confinamiento obligado. Por ejemplo, en las últimas semanas el Gobierno de la República Socialista de Vietnam comenzó a utilizar redes sociales. En un ejercicio de diplomacia digital y económica difundió por Twitter el poder exportador que esa nación tiene actualmente, en medio de la crisis multidimensional por la pandemia. De tal forma, Twitter, Youtube, Instagram, entre otras rede sociales, se han convertido en plataformas que han servido para la comunicación diplomática, pero también para alojar a movimientos opositores o críticos de diversas decisiones gubernamentales, como es el caso de la corriente #BlackLivesMatter. En las redes sociales es difícil controlar la narrativa, sortear algoritmos, bots, etc. Por tanto, la diplomacia puede hacer uso de estas intervenciones artificiales para contrarrestar alguna campaña con esas mismas características, pero también puede ser víctima de ella o quedar relegada ante movimientos sociales y campañas surgidas geniudamente. Por tanto, la diplomacia digital también implica riesgos. Algunos los confieren los mismos mandatarios o altos funcionarios, al usar las redes para amenazar o insultar a otro actor internacional. Esto va contra el mismo espíritu diplomático y es una de las lastimosas manifestaciones que han tenido lugar con esta disrupción tecnológica.

Estas tres manifestaciones de diplomacia pública, y otras más, se han encumbrado en los últimos meses a raíz de los efectos y características de la pandemia por el COVID-19. Esta diplomacia difícilmente perderá terreno en el futuro para darle paso al secretismo del viejo estilo de negociar y comunicar entre países. El auge de la diplomacia pública tampoco implica la desaparición de la tradicional, ya que esta última seguirá siendo necesaria. Sin embargo, sí le restará importancia y, ante sociedades interconectadas y dispersas, tarde o temprano más países se verán obligados a recurrir a nuevas herramientas y métodos diplomáticos.