Me gusta ser cínica sin sonreír porque esa media luna del rostro puede dar tumbos a quien sepa del lenguaje no verbal. Todos creen en lo que digo porque soy una fuente irremediable de información que pone en jaque la voluntad de más de uno. La mirada de borrego disfrazada de honestidad a medio morir, aún se vende en estos días.
Me fascina inventar realidades de las que me siento incapaz de plasmar en la literatura porque soy pésima escritora –ni siquiera la ortografía me ayuda– y no me interesa debutar en ese ambiente, sino extender mi plumaje sindical –a costillas de mi marido– para tejer mentiras a quienes veo como fuertes rivales o bien, ponerle un poco de sal a la seriedad del compromiso laboral.
Primer paso, diría Miguel Ruiz, “el mitote” sembrar el nacimiento de un rumor a través de la imaginación; pensar qué podría preocupar a la persona en cuestión: una voz que corra sobre los pasillos de la inquietud, la posibilidad de una ruptura, un despido, una verdad incómoda, algún hecho que ponga en peligro la estabilidad física y emocional de alguien más.
Ejemplos: “Alguien habla a tus espaldas, ten cuidado”, o “Alguien te hizo esto, yo que tú ni me confiaba o por lo menos me desquitaba”. De oído a oído, danza el rumor hasta que por necesidad de extraer el conejo del sombrero se convierte en verdad. Foco de alerta. Los demás tienen miedo y actúan en consecuencia de una u otra manera: adulan a sus semejantes, velan por lo que mucho o nada les costó conseguir, o lo peor del caso, acto seguido toman venganza.
La risa se muda discretamente al tronco y se contrae para no expulsar la evidencia del cinismo. La intriga mueve voluntades al son de mis palabras, cuento los hechos con tal verosimilitud que hasta mis ojos se ven más grandes ¡y me creen, me creen y me creen!
Soy una autoridad sin institución a quien representar. Sublimo cada uno de mis actos cual si fuera la protagonista de todos. La discreción y yo no somos amigos, sólo cuando a ambos nos conviene y una imagen hay que mantener. Guardamos silencio, de lo contrario nos entrometemos donde el instinto nos llame.
Me gusta sacar plumas de mi boca para derrochar a otros lo que apenas voy obteniendo. La despensa inexistente. Una familia callando sus tripas entre menús y platillos exóticos que cambian de dueño cada determinado número de minutos. El libertinaje consumista, desperdiciar toda una tarde en el cruce hacia los Estados Unidos con tal de obtener ropa de marca y restregarla a quien pretendo asustar para escupirle que quien manda soy yo.
Mis cejas apenas pobladas lo confirman con su coreografía alzándose a los cielos. Es como la caña que atrapa al pez, cuando los ingenuos siguen el cuento que les invente para maniobrarlos al temperamento de mi capricho.
Soy una escritora sin pluma. Anuncio por todas partes las ficciones que invento para manipular la realidad. Ciertamente soy una quimera. Donde quiera que piso me gusta ver cómo provoco diversas reacciones al compás de mis realidades a medias. Por eso algunos me odian por querer meter un poco de sabor a la gris existencia con la agitación del rumor.




