La fila era inmensa. Decenas de familias aguardan ansiosas el espectáculo ubicado a unos metros del Cerro Colorado tijuanense y frente a un centro comercial que presume ser la mamá de los pollitos. El punchis punchis clama la atención de la gente, algunos hilos de luz se trenzan entre carpa y carpa, mientras las banderas ondulean a capricho del viento y anuncian con su aleteo el comienzo del Nuevo Circo Rolex.
Un pie dentro y una sala de espera improvisada recibe a los admiradores de las peripecias de Apolo y sus tigres. Pantallas planas despliegan entrevistas y actuaciones con Francesco en un programa de Televisa. Destellos rosados vigilantes de un carrito que vende palomitas de maíz iluminan los sillones tipo lounge protegidos con un letrero de “Reservado”.
Un pasillo forrado –cual si fuera pantera aterciopelada– da la bienvenida a los viajantes acariciados visualmente por la invasión de focos verdes y amarillos alumbrando las fotografías de los artistas del circo, una joven promesa masculina explotada hasta los huesos que hasta disco tiene y el tigre que casi todo lo hace…
Al llegar al recibidor principal, un respetado canoso con arrugas del saber, arranca la mitad del boleto para confirmar la entrada del público, al mismo tiempo que se delinea la sonrisa femenina de sensuales aeromozas de pestañas postizas y breves uniformes azules ceñidos al cuerpo, lo suficiente para reparar en el color de las medias y la franja que usualmente va en el muslo.
Penumbras circenses, los invitados son guiados por staff y lámparas de mano moviéndose a diversas direcciones para ubicar su asiento en las gradas, dependiendo el precio. Primera, segunda y tercera llamada. El show está por comenzar.
Oscuridad total, canciones de moda imperan sobre el escenario a veces claro, a veces oscuro. La pista es roja, está rabiosa al son de Shakira en las bocinas y la llegada de los trapecistas y bailarinas que son homenajeados mientras bailan, con la voz del presentador embalado de un brillante saco rojo que no logra opacar el baile, pero si atentar a los oídos con el tono de su voz.
Luego de la inauguración, las estrellas de la carpa se columpian en un trapecio. Es una aproximación al cielo nocturno, vuelan por instantes y despegan en una red para rodar y rodar sobre la pista en espera del Superman adolescente que las muchachas adoran. Es Francesco en vivo, saludando a sus fans con su corta capa roja que deja entrever la despedida a la pubertad y la bienvenida a la masculinidad definida.
Termina el acto, un payaso ejecutivo aparece en el cuadro con saco y corbata. Invita al público a aplaudir a diversos ritmos y carga un maletín lleno de cuchillos con diversos filos –como si portara documentos que se manejan hoy en día–. Jala a un miembro de la audiencia para someter su valentía a prueba. Sus manos son esposadas y su mirar vedado por una bolsa café en la cabeza. Una pared blanca semi redonda es mudo cómplice de dicha hazaña. Al ciego efímero se le notan los nervios con la sonrisa entrecortada.
Lanzamiento uno, el comienzo es veloz, pero la llegada del cubierto no tiene fuerza. Otro joven coloca el artefacto cerca de él. El gracioso se mueve con el sobreviviente y le seca la sangre. Le ofrece un globo amarillo para “beber” –¿haciendo alusión a qué?–. Se lo coloca en medio de las piernas y le clava el cuchillo, el joven reacciona y sobrevive de nuevo. Comprobado. El participante es valiente y tiene más vidas que un gato.
Para celebrar la supervivencia arriban los superhéroes: Batman, Robin y la Mujer Maravilla en serie con pompones a fuerza de modélame así, dame ahora tu mejor pose pose pose para anunciar el preámbulo del triple salto mortal de Francesco, escoltado por sus compañeros de circo. El joven se seca el sudor y se concentra para lanzarse al ritmo de los aplausos femeninos. Uno, dos y tres, el trampolín predice que el tirabuzón visitará al rolex, doblado gira en el aire. Durante dicha ejecución se repite coro tras coro las mismas canciones al son del rakata y punchis punchis radiales.
Se interrumpe la iluminación. Una pieza instrumental de piano acompaña a la mujer cisne que nos lleva a nadar con sus flexiones argentinas a un lago con su sonrisa franca y su andar semidesnudo de blancas plumas. Una base plateada la sostiene con un círculo de cristal transparente. Su boca alberga otra base mientras revela la belleza del cuerpo femenino. Se estira, sigue, sus piernas son diagonales y una "L" se forma en sus brazos.
Se apagan las luces, aparece el joven Francesco montando un negro corcel, como si fuera Joan Sebastián dando vueltas ecuestres para rodear a sus fans y regalarles la gracia de su playback cursi al grito de Un osito dormilón le regalé y un besito al despedirse ella me dio. Con un látigo sonoro que apenas toca al caballo lo doma para que se mueva al ritmo de la música, sus patas responden y se inclina para agradecer al público su atención.
Es hora de un intermedio, momento para que las enamoradas de la estrella de cabellos castaños y escasos dieciséis años aprovechen y se tomen una fotografía con su ídolo. Otra fila se forma, ahora la pista se ve rodeada de la mascota de Francesco y sus seguidoras emocionadas de recibir un beso en la mejilla. El pierde la cuenta de cuantos pómulos ha dejado huella su escasa saliva.
Los tigres blancos salen al escenario y se colocan en su base tímidos y obedientes, dispuestos a seguir a su amo, “El domador más guapo”, Apolo Rolex, quien enciende un aro de fuego y coordina uno tras otro felino para que salten sobre la sortija cirquera. El saldo: ni un bigote quemado, solo una leve ola de calor, compensada por un juego de luces coloridas y la lluvia de románticas melodías para hacer rugir a los salvajes y hacer explotar su sentir animal.
Los setentas vuelven al siglo XXI, al ritmo de los Bee Gees latinoamericanos trepados, bailando sobre una base en las alturas para lanzarse en el trapecio. Los lentes oscuros los cubren de los flashes ocultos. De espectáculo familiar a "Sólo para mujeres". Los artistas del circo se descubren la camisa y el pantalón. Saltan a la vista unas blancas mallas ajustadas que los resaltan más. Los fervores se encienden, sus formas se escriben sin puntos ni comas. Vuelan sobre los fierros de metal, se columpian, se sostienen de sus compañeros y pasan de un trapecio a otro.
El escenario es tomado por todo el elenco para agradecer al público con movimientos sugestivos y trajes angelicales su asistencia al compas de Generation, aquel icono que Michael Jackson marcó la publicidad de Pepsi en los noventas.
Nostalgia y alegría entremezcladas se saborean en esta fiesta de trucos y hazañas corpóreas al restar la participación de animales y episodios infantiles. Los talentos sobreexplotados tarde o temprano se extinguen hasta exprimir su última gota. Enseñar vende. Saber hacer también, ya nada más importa solo perderse en ese barullo de exhibicionismo precoz, que despierta la dopamina al máximo nivel o alborota las hormonas más de la cuenta, dejando de lado un poco la verdadera esencia de un circo, si es que la tiene.




