Pásame el shampoo y jabón le dije a mi hermana, quien me aguardaba en los vestidores del gimnasio. El vapor nos confundía camino a la regadera para bautizar al cuerpo una vez más y espantar a las toxinas tras la agonía del movimiento, resumida en una hora de elíptica y caminadora, como estandartes el sudor en mi espalda que aniquilaba energías.
El desfile de formas y porciones comenzaba. Enfundadas en una toalla en la cabeza y otra en el cuerpo (más allá del cliché audiovisual de seducir con una tela corrugada) las aspirantes a ser atletas con bultos del alma y aquellas divas que parecen crear desmotivación motivada con su andar en medidas perfectas, deambulaban por los pasillos cual si fuera su casa.
El morbo para ellas no existe. Los senos se dibujaban entre los lockers que guardaban secretos de estado, revelados por las necesidades del cuerpo de acuerdo a la edad o el cuidado del mismo: cremas anticelulitis, que intentaban disimular las burlas de la mala alimentación o exceso de Coca Cola, cremas perfumadas que respiraban sonrisas a la nariz, desodorantes que aclaraban las axilas y despejaban las dudas de la transpiración.
Mis ojos no paraban de contemplar la naturalidad con la que las féminas se quitaban la ropa a pesar de exhibir su imperfección física. Algunas socias con falta de firmeza en los muslos y nalgas escasamente escoltadas por un traje de baño traicionero, hongos en las uñas de los pies ocultos bajo medias y calcetines como si fueran delincuentes intrusos en la ciudad corporal, cabellos enredados en los cepillos que se llevan la esencia de quien los usa, extensiones de cabellos listas para ser colocadas como cortinas rebeldes de la genética, rostros completamente lisos que envidiaría más de una modelo de comercial, cicatrices de acné que revelan el paso de la adolescencia a la edad adulta.
Las señoras que contribuyen con la limpieza del espacio conversaban con algunas de las clientas que se pasean como pavorreales o empleadas de oficina que entre prisas platican fragmentos de su vida cual si fuera una consulta psicológica, o bien una ronda de chistes para hacer más tolerable el día.
Sin temor de algún tipo, ni complejo excepcional ni siquiera de su inteligencia ocasional, las chicas fitness se desnudaban y vestían sobre el pasillo. El contraste lo vi muy claro: de los 20 a los 40 hay un estrecho que fluctúa entre la ilusión y la realidad, todas creadas al paso del tiempo y la experiencia.
La cuasi desnudez colectiva demostró cuan en armonía se sienten las ejercitantes. Unas a otras se miraban como si tuvieran una cinta métrica en las pupilas y una báscula en las neuronas para calcular el peso de la invasora que entra al vestidor o sale de la regadera para dar rienda suelta a su vestir y enfrentar al mundo una vez más.
Sin duda, los vestidores fungen como santuario casi con la misma confianza que la habitación propia. Mientras ellas se embellecen, puedo reparar en la naturaleza de su esencia en diversas tonalidades con vellos o manchas en la piel o bien la que no ocupa tanto milagro estético y quien de plano ni volviendo a nacer. Más allá de eso, reparo en que todas somos iguales y gozamos de la misma estructura, solo que estamos condenadas a cargar con ella en sus diversas presentaciones, todo depende del cuidado y la dedicación que le demos a este cuerpo que nos fue concebido como préstamo de por vida de aquí hasta que seamos ceniza o vagabundeemos enterrados.




