Los seis minutos de cinco horas en el IFE

Alicia González

08/12/2012 - 12:00 am

Si he de pecar es de ilusa, desorganizada e impuntual. La cita para recuperar identidad ante el país era a las 9:24 am, pero la ficha advertía que había que estar diez minutos antes de efectuar el trámite. Entre maquillaje, peinado y taxi libre para celebrar los 18 de vuelta que en realidad son 25 me dieron las nueve y media, pero la corazonada de una posible negativa por llegar tarde se apagó y creí que la impuntualidad sería parte de tramitar la credencial de elector.

Seis minutos se inundaron en cinco horas. Una mañana perdida, una jornada laboral estrangulada por la espera de mi turno para tomar unos datos y retratarme en un pálido fondo blanco que me volvería a registrar en el padrón electoral. La mañana se transformaba en el presagio de la tarde. Una incongruencia se presentó (otra más, hablando del recién sufragio fiel a la voluntad de los ciudadanos).

Luego del nerviosismo por no alcanzar ficha y no reunir los documentos suficientes, se me entregó un papel que inmediatamente llamó mi atención. Mi turno era el número 78, pero lo curioso es que según el registro por escrito de la hora de entrega de turno por parte del empleado a las 9:19 am, ¡minutos antes de mi cita cancelada por llegar seis minutos tarde!

No entiendo, ¿mi reloj está mal o las cuentas andan fallando? El pase de la joven que estaba detrás de mí afirmaba que se había entregado a las 9:15, cuando en realidad eran pasadas de las diez. Ahora comprendo, el tic tac es pura simulación, la puntualidad en las instituciones se cumple a medias. El tiempo existe para quien le conviene. El transcurso de los sagrados minutos es relativo como los ánimos femeninos frente a la condición climatológica.

Por fortuna, el sol nos sonreía o quizá se burlaba de algunos integrantes de la fila que nos encogíamos para soportar la inclemencia del viento y no veníamos preparados con chamarra y paciencia para dejar transcurrir la lentitud del tiempo, resumida en las diversas causas que nos hicieron coincidir en ese instante: perdida del id en una noche de copas, un descuido olvidadizo que adoran los amantes de lo ajeno, los debutantes que sueñan con perderse en las formas de la noche e inaugurar de forma oficial su ingreso a fiestas o actualizar su estatus en la frontera más visitada del mundo.

La fila se detuvo, luego de la curiosa introspección del tiempo que carcomía los gramos de paciencia, incluyendo los míos, nos dispusimos a jugar involuntariamente a la estatua todos queríamos ganar permaneciendo quietos, –claro, cuidando el puesto. Apenas unos ápices de charla se escuchaban por ahí desahogando su hartazgo por los trámites, la indisciplina de los niños, los deberes con el marido, el trabajo y la correteada por los trabajos finales que cierran el semestre.

Algunos con folder en mano portaban parte de su biografía sin experiencias, sólo con la exactitud de las fechas que guardan memorias en ese lapso de tiempo, otros cual bolsa del mercado que protegían sus papeles y su proceso de identificación con olor a despensa.

El silencio y el anonimato nos unían. El ignorar a los vendedores de tamales, burritos, y champurrados también, pese a su esfuerzo de seducirnos con aromas gritando. El espectáculo de un guardia corriendo a un inquieto visitante de paliacate blanco, jeans manchados, combinados con la cara pintada de rojo y negro, rindiendo tributo al triunfo de los Xoloitzcuintles sin gritarlo, bastaba ver su gesto perdido y las líneas de su rostro para adivinarlo y reunir las miradas en ese cuadro urbano.

Vuelta al universo individual y los espacios vitales. Desde afuera se alcanzaba a vislumbrar el tedio de algunos empleados de buscar en la base de datos las direcciones indicadas por los aspirantes a la credencial. Una señora le gritaba a uno de los retratados que dirigiera su mirada hacia el lente negro donde se encontraba el letrero “mire usted aquí”. El regañado y yo nos miramos diciendo que lo mejor sería que se casara o reviviera un orgasmo.

Luego de ese diálogo sin palabras, seguía mi turno. Setenta y ocho sonaba como una melodía milagrosa que me hizo recordar que tengo vida fuera de estas oficinas, que mi condena había terminado. Si bien lo decía Bertrand Russell en La Conquista de la Felicidad, uno de los más grandes temores es el aburrimiento. Hay que saber acabar con él, cuestionarse, analizar y observar como un ejercicio diario para evitar caer en la automatización.

¿Por qué es necesario registrarse con nombre y apellido cuando el alma aun no encuentra su nombre? Sabemos quiénes somos ante la sociedad, pero no ante nosotros mismos. Tal vez las cosas serian distintas si a determinada edad pudiésemos decidir quiénes somos, inventar un pseudónimo que nos identifique plenamente, que nos haga adentrarnos en ese viaje evasor que es conocerse a sí mismo.

@taciturnafeliz

Alicia González

Lo dice el reportero