Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
Jorge Luis Borges
La invasión de las gotas coladas en la ventana nos recuerda que es otro día en el que hay que ser fuertes o correr para abrazarnos en medio de la calle, antes de que el desorden afectivo estacional inunde las calles de dolores endeudados o pinte a la ciudad de locuras cometidas en medio de la precipitación.
¿Qué reserva la lluvia en su viaje redondo? Un obstáculo para algunos, una escenografía en medio del tedio urbano que nos obliga a deambular ciegos por las avenidas principales, quejarnos del trafico con la espada del volante gritándole a las llantas que realicen patinaje artístico sobre el asfalto para llegar al destino impuesto por las obligaciones o un momento de distracción añorado desde el lunes.
Un bautizo involuntario realizado por Tláloc, quien nos empapa de la cosmovisión náhuatl a las almas románticas que deambulan en búsqueda de un refugio entre paraguas que se roba el viento y la intrusión del agua en la suela retorcida en el dolor de cargar con el peso de las alegrías o tristezas que poco a poco han amortiguado el andar al grado de colar un rio en los pies.
Un manicomio andante atado por los pasos del pensamiento tras caminar en la llovizna. El monólogo constante que el trabajo, la tecnología, el alcohol y las superfluas compañías nos logran distraer, pero en cuanto la soledad regresa nos obliga a enfrentarnos a quien más amor u odio podríamos tenerle: a nosotros mismos.
El mar dibujado por las manos de la naturaleza en la que los niños se embriagan con su reflejo y señalan con sus dedos a su otro yo, luego de lanzar en el barco de papel las penas e inquietudes que tras sus risas esconden.
Un laberinto de barro que nos obliga ser valientes ante la falta de pavimento y arriesgar la zona de confort al cruzar el resbaladizo paraíso que nos fuerza a estar concentrados en donde plantamos los pies, sobretodo cuando la oscuridad se impone y las velas callejeras se encuentran apagadas.
Un estrépito de las coordenadas emocionales que determinan la fusión de dos cuerpos buscando auscultarse uno en el otro, mientras la torrente cae como música de fondo y los orgasmos se hornean en infinidad de mililitros escurriendo en las cobijas enredadas en centímetros de piel que piden ser descubiertos por los labios visitantes.
La tragedia sin argumento, trazada como un rompecabezas con pensamientos de hasta 372 km/h, lo que rebasa nuestro sosiego e hincha las dudas y certezas por debajo de nuestros ojos condenados a mirar esa cortina de precipitación atmosférica.
La persecución del hogar como templo para resguardarnos de los peligros pluviales y dar rienda suelta a la pereza del tiempo sellada en nuestro ser a raíz de la orina divina que da vida los pétalos y enorgullece a los árboles que nos acompañan en esta caminata bajo lluvia.
Twitter: @taciturnafeliz
– 15 de diciembre de 2012




