
Ciudad de México, 5 feb (SinEmbargo).- Para muchos se trata de la poeta que metió la cabeza dentro de un horno encarnada por una más que impresionante Gwyneth Paltrow, quien dio sustancia a uno de sus mejores trabajos en el cine, mediante la película Sylvia, de 2003.
Pero a 50 años de su muerte, la poeta Sylvia Plath (Boston, 27 de octubre de 1932 – Primrose Hill, Londres, 11 de febrero de 1963) es más que un ícono literario que aún fascina y un motivo de interés que no cesa, tal como lo demuestra la reciente salida en inglés de una nueva biografía.
Mad Girl's Love Song: Sylvia Plath and Life Before Ted, de Andrew Wilson, traspasa las barreras de la mítica y trágica relación que unió a la artista con el enorme poeta Ted Hughes, quien a menudo es visto como el malo de una historia que terminó con el suicidio de Plath, cuando apenas tenía 30 años.
Lo que dice Wilson es que antes de conocer al inglés Hughes (1930-1998), considerado uno de los poetas más importantes de su generación en lengua inglesa, Sylvia había tenido una vida compleja y llena de matices. Había salido con muchos hombres, escrito más de 200 poemas y ya había intentado suicidarse.
A partir de entrevistas exclusivas con los amigos y amantes que nunca habían hablado abiertamente sobre Plath y el uso de archivos que no habían estado disponibles hasta ahora, Wilson, autor también de una biografía sobre Patricia Highsmith, hizo el primer libro centrado en la juventud de una de las mujeres más perdurables en la poesía femenina del siglo XX.
“Los aspectos sensacionales de la relación Plath-Hughes han dominado el paisaje cultural hasta el punto de que su historia ha tenido la resonancia de un mito moderno. Después del suicidio de Plath en febrero de 1963, Hughes se convirtió en albacea literario de Plath, el guardián de sus escritos, y, en efecto responsable de cómo fue percibida.
Pero Hughes no tenía muy buena opinión de la prosa narrativa de Plath a la que veía como “un residuo” de su “falso yo” y su determinación de lanzar al mercado su poesía posterior - la poesía escrita después de haber comenzado su relación con él - como la joya de la corona de su carrera, ha hecho que su trabajo anterior ha sido otro marginado”, explica Wilson en su blog.
El libro del también periodista dibuja la voz inestable e inquieta de la autora en los primeros años de su vida, arrojando luz sobre una existencia tan oscura como magnífica y, sobre todo, poniendo en un puesto de relevancia su escritura, generalmente ahogada por el mito romántico y la narrativa de la victimización que crecieron después de su temprana muerte.

UN SINO TRÁGICO QUE SE CONVIRTIÓ EN LA VOZ FAMILIAR
Sylvia Plath, la poeta de Boston que fuera la única en la historia en recibir un Pulitzer póstumo por el conjunto de su obra, sufría un trastorno bipolar que podría haber sido tratado con los medicamentos que dispone la ciencia moderna y que seguramente le habrían salvado la vida.
La también ensayista y narradora estadounidense fue sometida a un fuerte tratamiento psiquiátrico en su juventud, un hecho que le permitió graduarse con honores en el prestigioso Smith College.
La tragedia que significó su suicidio fue como un río no navegable cuya furia enceguecida inundó los pasos de sus herederos y parientes.
En 1969, la poeta Assia Wevill, que había nacido en Alemania en 1927 y era la mujer por la que Hughes había abandonado a Plath, se suicidó metiendo la cabeza dentro del horno, junto a su niña de apenas 4 años. Ella tenía 41.
A cuatro décadas de ese episodio, en 2009, el segundo hijo de Sylvia y Ted, Nicholas Hughes, se ahorcó con una soga en su casa de Alaska. Era un renombrado profesor universitario.
“Lamento informar que mi hermano ha muerto. Hace tiempo que padecía depresión”, fue el comunicado lacónico de Frieda Hughes, la primogénita de la famosa pareja literaria.





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