Rimet lo escucha con la mano derecha metida en uno de los bolsillos de su saco. Sus dedos juegan con una hoja donde está escrito un discurso en portugués felicitando a los campeones. El texto estaba preparado mucho antes del partido. De pronto el ruido ensordecedor muere estrepitosamente por un silencio atroz. El mandamás del organismo que rige al futbol no sabe qué hacer. Cuando se asomó hacia la cancha, con la Copa del Mundo en la mano, había un pueblo pasmado mientras un montón de hombres con camisetas celestes festejan. Uno de ellos se le acerca, le da la mano y se lleva el trofeo sin decirse una sola palabra.
La tercera edición de los mundiales llegaba a suelo brasileño tras una forzosa pausa de 12 años debido a la Segunda Guerra Mundial. Con Europa muy dañada, Brasil organizó su propia fiesta. Un pueblo que vive por y para la pelota gozó un mundial que les fue puesto en la mesa para su degustación. Después de la primera ronda, cuatro equipos llegaban a semifinales enfrentándose todos contra todos. Aquel día, Uruguay y la selección local jugaban el último partido del calendario convertido en una final. Con un empate, la verdeamarella se llevaría su primer trofeo mundialista.
Los charrúas, que durante la previa toleraron un bombardeo de preparativos de celebración, llegaron siendo las víctimas de una desenfrenada parranda lista para empezar. Ese día, el futbol comenzaría a alimentar esa narrativa que ayuda a describir lo indescriptible cuando hay una pelota de por medio. Faltando poco más de 11 minutos, Alcides Ghiggia anotó el 1-2 que a la postre sería el marcador final. "Solo tres personas fuimos capaces de silenciar el Maracaná; el Papa Juan Pablo II, Frank Sinatra y yo", declaró Ghiggia años después. Aquel día nació el Maracanazo.
Esta vez no será en Maracaná, sino en Belo Horizonte, sin embargo la historia del pasado juega a su favor. La actualidad muestra un mejor accionar del lado brasileño con un Neymar motivado por su recién fichaje al Barcelona que convenció a los detractores que no lo veían a la altura de la camiseta del pentacampeón del mundo. El camino previo a Maracaná es una cita obligada para los locales quienes desean fervientemente ganar un torneo oficial en casa para completar la fiesta el próximo año mundialista. Dos equipos embalados se enfrentan con distintos objetivos con una final como buen pretexto.
Uruguay, con el cuchillo entre los dientes, va con la estela de la proeza que calló a una nación entera hace más de 60 años. Brasil tiene en la mira a la selección española que ocupa el lugar que siempre tuvieron. Mañana, la primera semifinal tiene todos los tintes para que resulte un partido histórico digno de aquel cotejo en 1950. Los uruguayos vuelven a llegar menospreciados como víctimas con la mira brasileña en los españoles. El futbol vuelve con esa narrativa única escrita por el balón.








