
Por Mariano del Cueto
Groningen, Países Bajos, 29 de junio (SinEmbargo).- Las calles de la ciudad, durante esta época, cuelgan banderines naranjas. Marcas nacionales, como Heineken o Drum, aprovechan y toda su publicidad se vuelve naranja. En las vitrinas de las tiendas ponen leones con la playera del equipo, banderas patrióticas y pósteres con el equipo, no festejando o jugando, sino sentados, ordenados. La afición, de alguna manera, se vuelca. Pero, eso sí, todo dentro del orden. Los festejos callejeros también son en zonas delimitadas. Los holandeses festejan con más moderación que orgullo.
En las librerías, las novedades tienen que ver en buena medida con este acontecimiento. Libros sobre Guus Hiddink, biografía de Van Gaal y Van Persie, testimonios de la selección histórica del 74. Inclusive fotos de Kluivert.
Hasta que llegó el juego de Octavos, en la semana no hubo mayores aspavientos. Aunque ningún holandés dudaba que ganarían. Varios coincidían en lo mismo: Holanda ordena muy bien su defensa, dependen excesivamente de Robben y Van Persie, y tiene experiencia en fases finales de mundiales. De México conocían a Guillermo Ochoa y al “Chicharito”, principalmente. Es decir, conocían poco del futbol mexicano. Y, claro, a los que jugaron en este país recientemente: Salcido, Maza, Héctor Moreno.
En Groningen, ciudad en cuyo equipo jugó Luis Suárez antes de ser traspasado al Ajax, están muy orgullosos de que él no haya mordido a ninguno mientras jugaba para su equipo.
En el avión rumbo a Groningen, hace ocho días, viajé al lado de dos holandeses. Ambos eran simpáticos; la noche anterior, qué duda cabe, habían estado ebrios. Aunque aún no jugaba México contra Croacia, sabíamos que era posible encontrarnos en los Octavos. Los dos aseguraban, al principio, que Holanda sin mayor problema masacraría a México. Argumenté que para nada. Más sensatos, reconocieron que esta Holanda no era un equipo fuerte; por eso esta selección dependía tanto de Robben y Van Persie. Pero que aun así, a Chile, México, Costa Rica, Argentina y Brasil (ellos anticiparon) los “golpearían” (hacían señales de puño en contra de la mano).
Soberbios, quizá un poco, pero en cuanto se ponían serios no tenían complejo alguno en aceptar que México venía muy bien y que esta Holanda estaba lejos de la del mundial pasado, ya no digamos de la “Naranja Mecánica”.
También no dejaban de cantar “Mexico”. Sin acento. Una canción que en mi vida había oído. Llevaba un bailecito extraño. Ni el baile ni el tonito me sonaron. No me sonaron nada.
El lunes siguiente, ya en Groningen, ciudad poblada de estudiantes, me sorprendió la forma en que festejaron el triunfo frente a Chile. Me sorprendió quizá en sentido reversible. Nada muy desapegado a cualquier discoteca. Aunque con escaso baile. En los bares, por cada gol, ponían canciones con fondo electrónico. La que más sonó decía “Viva Holandia”.
Mientras veía, horas después, el juego de México contra Croacia, me fijé que las mismas canciones electrónicas no dejaban de sonar en el bar. Y me fijé, también, que en el medio tiempo el festejo holandés ya había cesado. Es decir, pasar a Octavos supuso, a lo más, tres horas de fiesta.
DÍA D PARA MÉXICO
Llegó el día del juego México contra Holanda.
Después de comer, para arribar a las calles del centro no podías hacerlo ni en coche ni en bici (todos andan en bici). Desde esa zona restringida comenzaba la marea naranja. Una marea carente de olas, por cierto.
En la plaza principal, Grotemarkt, cercada, con algunas gradas y una gran pantalla, desde dos horas antes del partido contra México, empezó a llegar la gente. Debajo de la pantalla, había un DJ. Éste comenzó a poner música una hora antes. Armin van Buuren sonaba (no era él en persona), así como otros holandeses. Una canción era tipo Heidi (Oleré, oleré, hi-hu) y otra en holandés cuyo coro era “Mexico-Meexiiiico”. A esa se refería el del avión, entendí. Pero nunca supe si era una broma o un apoyo o burla. Escuché gritos en dutch que fui incapaz de descifrar. Estaba solo, pero antes del juego nadie sospechaba de mi origen.
Playeras naranjas. Algunos rostros del mismo color. Pelucas, disfraces, incluso sacos (¿elegantes?) naranja pálido y banderas. Dorsales de Van Nistelrooy, Davids, Overmars. Muchos de jugadores antiguos (reflejo de que esta Holanda no convence); pocos actuales. Alguno de Robben. Y música, todo el tiempo, y de pronto algún grito que no duraba más de un minuto y que no todos seguían.
No había cánticos genuinos, coreaban poco. Poco faltó para que, como en el estadio de los Yankees, dieran la instrucción: “make some noise”. Bueno, de alguna manera el DJ cumplía esa función.
Entre canción y canción desfilaban las cervezas de un lado al otro. Y la gente se formaba. Como el acceso era controlado, los guardias de seguridad no dejaban pasar bebidas. Ahí, en pleno espacio público, había venta oficial. Prohibida la ajena, desde luego.
Pusieron los himnos. El suyo, naturalmente, lo entonaron. El “Mexicanos al grito de guerra” no lo oí. En esos momentos, en la plaza principal, entre miles de tulipanes, había acaso siete mexicanos. Algunos oranjes hicieron la broma de empezar a chiflar. Pero no, era sólo la broma. En el fondo, se trate de rivalidad o no, son muy respetuosos.
Empezó el juego y la afición estuvo un tanto solemne. Casi al igual que antes de que comenzara el juego, sólo que sin DJ. Cuando salió Nigel de Jong le aplaudieron. Cuando enfocaban a Van Gaal, lo mismo. Cuando Van Persie jaló a Rafa Márquez se rieron. Cuando la tribuna de Fortaleza gritaba “puto”, de este lado no había indignación. Sólo risas y alguna que otra fallida imitación.
Sólo de vez en cuando se escuchaba, de forma tibia y sin un arranque continuado, “Hollande”, “Hollande”. Y de vez en cuando, también, olía a mariguana. No por tratarse de un concierto (aunque lo era, y no precisamente futbolístico), sino porque, pese a que había guardias vigilando, a la legalidad tulipana no le molesta.
HASTA LOS HOLANDESES DUDARON DEL PENAL
Ruido saliendo de la máquina musical. La gente apenas se mueve de sus lugares. Al perímetro principal ya no dejan entrar más gente. Mucha gente afuera, formada, lo intenta. Pero no. Ellos prefieren evitar cualquier tipo de atiborramiento.
1-0.
Gol de Giovani Dos Santos. Un mexicano alza los brazos pero no grita. Dos levantan una bandera. Me emociono y voy hacia ellos. Mi sorpresa: resultan ser franceses. El resto es silencio. No grité pero evidencié a quién apoyaba. Me sorprende que no recibo ni una muestra de violencia, menos de envidia deportiva.
Sale Giovani y, no entiendo por qué, un tipo detrás de mí, con peluca naranja, aplaude. Y al poco empiezan a volar gaviotas y una defeca sobre algunos mexicanos. En ese momento pienso que es la venganza silenciosa del holandés.
Sale Oribe Peralta por “Chicharito” y ahora aplaude una gran mayoría. No sé cómo interpretarlo.
México deja de jugar y Holanda comienza a hacerlo. Un aficionado mexicano tiene la solución: lesionar a Robben, pues si éste queda fuera Holanda deja de existir. Aunque reconoce que es Fair Play, claro.
Ochoa se encuentra con el balón dos veces, una en fuera de lugar, y los holandeses aficionados empiezan a emocionarse. La ven cerca, pues. Y luego cae el gol de Sneijder. Fiesta. Gritos. Saltos. Cerveza por el aire (en esos momentos me agacho y cubro las herramientas de trabajo). Gritan “Hollande”, “Hollande” y suena la canción del DJ. Por un momento pensé que, pese a ver el gol, esperarían a que sonara la canción para después poder gritar. Quizá, más bien, el DJ estaba tan al pendiente, tan sincronizado, de modo que el festejo se viera natural.
Y luego el penal. Robben. Hay saltos, brazos alzados. Empiezan a corear “Huntelaar”, “Huntelaar”. Y luego el DJ. Fiesta, gritos, emoción (no de mi parte). Y ahí llega a abrazarme y querer festejar conmigo, o burlarse del modo más amistoso posible, el holandés de peluca que había sido el único que aplaudió la entrada de Aquino. Le digo que no, serio. Me agarra los hombros y continúa saltando.
Termina el partido. Las lágrimas del Maza o Layún contrastan con los brazos alzados del público presente. Suena “Viva Holandia” y después, como parte del festejo, “Mexico-Meexiiiico”.
Se alocan pero, nuevamente, dentro del perímetro. Ningún descontrol que resaltar. La policía tranquila.
Cuando cruzo con algunos, ya finalizado el partido, la mayoría reconoce que estuvieron a punto de abandonar e irse a sus casas, que no jugaron muy bien, que no es muy buena esa selección, y que inclusive el penal fue dudoso. Son honestos, al menos.
Veo algún acto imbécil nada más: dos jóvenes corren en calzones por las calles de la ciudad. Dos horas después el festejo se acabó. La plaza principal queda semidesierta. Al día siguiente trabajan.
Y el resultado es una pena, la verdad.
Más que saltar o alzar los brazos al ritmo del DJ, prefiero recordar a Julio Ramón Rybeyro: “Quien no conoce las tristezas deportivas, no conoce nada de la tristeza”.




