
Ciudad de México, 15 de septiembre (SinEmbargo).- A menudo se dice: “un aire fresco en la literatura” y con ello no se quiere decir nada. También se habla de la “nueva estrella literaria” y tampoco se aporta mucho.
En el caso del escritor israelí Nir Baram, nacido en Jerusalén en 1976, alcanza con saber que ha llevado a cabo una novela formidable, Las buenas personas (Alfaguara), para justipreciar su presencia en un corpus creativo donde los paradigmas resultan a veces demasiado estrictos o inevitablemente opresivos.
Pero de ninguna manera debemos exagerar. No se trata del primer autor judío en mostrarse crítico del sistema político imperante ni mucho menos el único en no comprar la figura de eterna víctima del Holocausto con que a menudo el poder se sirve para justificar crímenes horrendos.
De hecho, autores también críticos y muy respetados como Amoz Oz y A. B. Yehoshúa, de quienes la prensa ha dicho que Baram es heredero, no han escatimado elogios a la novela del joven autor.
“La lección del Holocausto es decir no al racismo; lamentablemente, demasiada gente de mi país sigue sin aprenderla”, declaró recientemente Baram al periódico español ABC.
“Baram ha denunciado mentiras de la maquinaria bélica de no pocos políticos israelitas, ha subrayado absurdos y contradicciones de quienes confunden invasión con tolerancia y agresión con defensa.
Hijo y nieto de destacados políticos, ambos ministros en diferentes gobiernos laboristas del pasado, Nir Baram sabe bien de qué habla cuándo habla y escribe de la nueva calaña de mentirosos que nada tienen que ver con políticos de buena voluntad y constructores de futuros posibles (como lo fueron su padre y abuelo) y que no hacen más que opacar las raíces mismas con las que se fundó el Estado de Israel”, ha escrito el autor mexicano Jorge F.Hernández en el periódico español El País.
Las buenas personas transcurre en la Europa de 1938. Cuando se ve forzado a abandonar una prometedora carrera en una empresa estadounidense, Thomas Heiselberg decide trabajar para la maquinaria nazi en Polonia.
Mientras tanto, en Leningrado, Aleksandra Weissberg, hija de un intelectual judío, debe elegir entre traicionar a sus padres, a quienes cree condenados sin remedio, o poner en juego su propia vida y la de sus hermanos pequeños y accede a implicarse con el Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos de Stalin.

“Dostoievski escribiría así si viviera hoy en Israel”, dijo el periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung.
“Las buenas personas es el tipo de novela que sólo aparece muy de vez en cuando. Su magnitud es similar a la de Viaje al fin de la noche, de Céline… Baram coloca un espejo implacable frente a “las buenas personas”, es decir, frente a todos nosotros.”, opinó el Reuven Miran, Haaretz.
Frente a tantos elogios, Nir Baram se encoge de hombros y esboza su fe en que la novela no sea vista “como otra novela de nazis”.
“Se trata de una historia de dos personas muy inteligentes, muy ambiciosas, que usan los aparatos nazi y soviético para lograr sus metas”, dice con rostro cansado en entrevista con SinEmbargo.
Viene de hacer una gira de promoción por el Distrito Federal, luego de quedar fascinado con México durante su visita a la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde dejó huellas por su gran carisma y generosidad a la hora de hablar de su país y de lo que más le interesa de su país y del mundo en general, la literatura.
“Mi novela transcurre en la Segunda Guerra Mundial, pero no busca explicar la Segunda Guerra Mundial”, afirma.
–A través de tu novela, Las buenas personas, aprendemos a mirar esa parte de la historia con nuevos ojos
–Creo que el problema con muchas novelas sobre la Segunda Guerra Mundial es que describen ese periodo sólo hablando del régimen nazi, concentrándose en sus partes perversas. Mi libro intenta normalizar la conversación alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Hay una frase de Robert Musil que me parece muy buena al respecto: “La novela histórica sólo es interesante si habla también del presente, no sólo del pasado”. Las buenas personas intenta cubrir el tiempo que ha pasado desde la guerra y el personaje de Thomas Heiselberg es muy distinto a cualquier personaje nazi de cualquier novela sobre el tema. Los caracteres de Las buenas personas tienen sus creencias morales, que luego deben contrastar con creencias morales distintas, instituidas por el aparato de gobierno, las corporaciones o la burocracia. Esas fuerzas predican conceptos del éxito, de la realización personal, del ascenso social, que necesitan del talento de esas personas. Por eso en el libro intento evitar todos los clichés en torno a la supervivencia durante la época de guerra, más bien quiero explorar la relación de las personas con los sistemas, algo que también se vuelve muy interesante en el capitalismo.

–¿Cómo son Thomas y Aleksandra?
–Personas críticas, con una inteligencia muy superior al promedio, de ese tipo de gente que se destaca en una sociedad, que busca el éxito. Cuando construí mis personajes pensé en criaturas literarias como “El gran Gatsby”, de F. Scott Fitzgerald y “Ulrich”, de Robert Musil. Son seres que usan máscaras todo el tiempo, tanto que no se puede diferenciar qué si tienen una cara real o si sencillamente usan una combinación de esas máscaras. Cuando pienso en un personaje nazi me viene a la memoria el arquitecto Albert Speer, Ministro de Armamento y Guerra del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Era un hombre sofisticado, sin ideología, muy profesional, que evoca la frase de un historiador estadounidense que dijo “podemos quitar todos los Hitler, todos los Himmler, pero los Speer siempre van a estar con nosotros”.
–Eres muy joven, pero tienes mucha fe en la novela, en la novela total
–Sí, Las buenas personas toma la forma de las novelas del siglo XIX y en la última parte toma cosas de lo que se conoce la literatura especulativa, un gran proyecto que pretende cambiar la historia. Son formas clásicas, conocidas, aplicadas a nuestro tiempo. En este sentido, hay una vocación de novela completa o total. Ese es el tipo de libros que me gustan. Me interesa mucho también un autor como Roberto Bolaño, porque creo que tiene más libido que otros y pensaba que no hay diferencia entre la literatura y la vida. La literatura para él era el grito de la vida y eso es algo que admiro.
–En este concepto de novela total los personajes suelen ser muy complejos, ofrecer varios matices y volver loco a un escritor
–Bueno, mi primera trataba de un hombre que podía ver los sueños de los demás y luego los contaba como si fueran su memoria, en una distopia total. Esta novela es realista, timoneada principalmente por los personajes que protagonizan la historia. Lo importante aquí es hablar sobre el tema que más me preocupa: la conciencia humana, usando la Segunda Guerra Mundial como una especie de laboratorio. Y hacerlo además sin juzgar a los personajes, porque lo más interesante de la literatura para mí no pasa por dividir lo bueno y lo malo. Creo que mis personajes son una combinación de mis demonios con otros personajes de la literatura que han impresionado, pese a lo cual considero que no es bueno identificarse con ello. Lo mejor es mantener una distancia crítica entre el lector y los personajes.
–¿Cuáles han sido tus influencias principales para escribir Las buenas personas?
–Los escritores rusos Varlam Shalámov y Andrei Platonov, muchas novelas realistas del siglo XIX y seguro todas las de ciencia ficción que he leído. Me gusta mucho ese género. Obviamente que Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, ha sido una gran influencia para mí. Scott Fitzgerald y Robert Musil también.
–¿Cómo fue recibida Las buenas personas en Israel?
–De forma crítica, porque muchas personas pensaron que se trataría de una novela sobre el Holocausto y resultó lo opuesto. Lo que sí sé es que después de Las buenas personas, será muy difícil escribir en Israel un libro sobre el Holocausto sin tomar en cuenta las preguntas que mi novela planteó.




