María Rivera

Memoria

"Con puntualidad de relojero, llegamos al próximo año… El año que recién termina, y en el que aún escribo esta columna, querido lector, fue un año de pérdidas en el ámbito literario, poético en particular, pero no exclusivamente".

María Rivera

01/01/2026 - 12:00 am

Memoria por María Rivera.
"México era otro, y muchos poetas de izquierda queríamos cambiarlo". Foto: Facebook Casa Ramón López Velarde

Con puntualidad de relojero, llegamos al próximo año… El año que recién termina, y en el que aún escribo esta columna, querido lector, fue un año de pérdidas en el ámbito literario, poético en particular, pero no exclusivamente. Así que, ahora que se va este 2025 es preciso recordar a aquellos que se fueron.

Muy al principio del año, en enero, falleció el poeta Julio Trujillo en el Reino Unido (1969-2025). Miembro de mi generación, hoy recuerdo a Julio como el poeta solar que siempre fue. Aún en momentos oscuros, la poesía era un don que no lo abandonaba nunca. Su poesía, aun si se ocupa de abismos y hondonadas, es inevitablemente celebratoria, porque la poesía no podía ser otra cosa para él, sino develamiento de la belleza, aunque su materia fuera lo oscuro o doloroso.

Él nació para cantar, cantar, cantarlo todo: la belleza de vivir y la belleza de morir, como si Julio hubiera sido un afiebrado constructor de metáforas y al mismo tiempo su rehén. Devorado por un hambre vital, una desmesura, deja en sus poemas su mejor y más acabada forma. Su muerte causó una conmoción en el medio literario por inesperada y prematura. Quedan sus poemas, para los que se quedan y en mí, los recuerdos de una época en la que fuimos jóvenes poetas persiguiendo a la poesía. Ese tiempo que murió hace mucho pero que con la muerte de Julio se siente como un epitafio.

Meses después, en agosto, cuando todavía padecíamos el desconcierto de la muerte de Julio, partió de este mundo, inesperadamente, otro amigo: el poeta, sibarita, alucinado y total Antonio Calera (1974-225), fundador de varias empresas culturales, todas asidas por la poesía. Otro arrebatado y expansivo miembro de mi generación, Antonio además era un utópico, un idealista que decidió cambiar el mundo con sus ideas y sus acciones, ya fueran restaurantes como la “Hostería La Bota”, lecturas, una combi o la edición de libros.

Todas eran creaturas que concebía para crear espacios alumbrados por la poesía y el poema, abiertos para todo aquel que quisiera sumarse a su bella causa: cambiar el mundo, volverlo un lugar habitable en medio del caos y la desesperanza. Comer, beber, leer poemas, conquistar plazas, denunciar, resistir, resistir.

Antonio era todo él generosidad: un ancho río para sus amigos e incluso para quienes no lo eran. Por sus aguas navegábamos todos en un abrazo fuera de este mundo; en el otro que creó. Sus empresas artísticas definieron una época en la que había espacios independientes y el gobierno era amigable con ellos. Una época de profunda efervescencia literaria y, también, de activismo social, o como le dicen hoy, artivismo.

Antonio Calera, como sus poemas mismos, era una fuerza de la naturaleza, pero también un crítico, un hombre sensible al que le pesaba el mundo, la crueldad y la naturaleza mezquina de los otros.

México era otro, y muchos poetas de izquierda queríamos cambiarlo. Nos sumamos a la esperanza de un cambio y fuimos testigos de la llegada de la izquierda al poder en la Ciudad de México, con Cárdenas, cuando el poeta Alejandro Aura le dio a la cultura de la ciudad un nuevo rostro fresco, abierto, plural. Cuando la izquierda no despreciaba a los poetas y artistas, como corroboramos estos años.

Precisamente en esa época, también otra iniciativa cultural independiente creció y se convirtió en un lugar excepcional para la poesía y los poetas: la Casa del Poeta Ramón López Velarde, en la colonia Roma. La Casa había sido cedida en comodato a la Fundación que le da nombre, una Institución de Asistencia Privada, que dirigió durante tres décadas esa casa donde murió Ramón López Velarde.

La casa había sido recuperada tras el terremoto del 85 por el entonces Distrito Federal, a iniciativa de poetas y escritores que luego formarían el Patronato de la Fundación.

Por esos años, a finales del siglo pasado y comienzos del nuevo milenio, la Casa del Poeta se convirtió en el corazón vivo de la vida literaria-poética, ya fuera a través de presentaciones en su famoso Café-Bar “Las Hormigas”, o en los ciclos de lectura de poesía, mesas críticas, festivales que los Asesores Culturales, poetas que organizaban el proyecto cultural anual de la Casa, llevaban a cabo en conjunto con un poeta joven encargado de la promoción de la naciente poesía mexicana, lo que volvía al programa totalmente excepcional.

No exagero al decir que no hubo poeta que no pasara alguna vez por sus recintos durante esos años, ya fueran del norte o del sur del país, y que las discusiones críticas y debates sobre poesía que se llevaban a cabo en su recinto definieron buena parte de la producción poética de esos años.

También coincidió con la política cultural federal que en ese entonces daba a la descentralización un auténtico empuje: estaban las revistas “Tierra Adentro”, la editorial del mismo nombre y los encuentros de becarios del extinto Fonca, en los que artistas jóvenes de todo el país pudieron conocerse y entablar conversaciones: un auténtico y vibrante momento cultural.

Fue justo por esos años, a finales del siglo pasado, en los que entró como Asesor Cultural el poeta Eduardo Hurtado (1950-2025), que también nos dejó este año. Desde entonces, ya como asesor o como exasesor, el poeta no dejó nunca de estar cerca de la Casa, a la que le tenía mucho cariño.

No pocas veces se organizaron defensas de la Casa ante la inevitable tentación del gobierno de acabar con esa iniciativa independiente y ciudadana o de recortar al máximo la aportación económica que le daba, sobre todo a partir de la llegada de López Obrador como Jefe de Gobierno.

No me extiendo mucho en su historia, querido lector, que da para otra columna. Basta con decir que la Casa del Poeta se convirtió en un lugar esencial para la cultura mexicana, precisamente porque era un espacio anómalo, una forma de colaboración sin recelo entre autoridades sensibles a la cultura y escritores amantes de ésta. Esto, cuando el gobierno era de otra naturaleza, muy distinto al que ahora padecemos quienes nos dedicamos al arte y la cultura.

Hoy, finalmente, y después de poco más de treinta años de fundada, la Casa del Poeta fue ya tomada por el gobierno morenista de la Ciudad de México. El poeta Eduardo Hurtado estaría en este momento, si estuviera aquí, escribiendo el réquiem por la que fuera su casa y la que fue nuestra casa durante tantos años. Una tristeza y también una expresión más de la política cultural imperante en el país, que ve con recelo y desprecio a los artistas.

De los cinco asesores que la Casa tuvo durante veinticinco años, solo queda la poeta Elsa Cross, quien fue la primera y la que esto escribe. Fallecieron ya, y en muy pocos años, los poetas David Huerta, Antonio Deltoro y Eduardo Hurtado, sus más fieles protectores.

Con la muerte, hace unas semanas, de Hurtado y el cierre de la Casa del Poeta, sucedidos al mismo tiempo, termina también una época. Algún día escribiré su historia, querido lector, durante los casi veinte años que trabajé, viví y escribí en la avenida Álvaro Obregón #73, cuando estuve al cargo del programa de jóvenes poetas y después como su Asesora Cultural.

Mientras este año expira, no me queda sino recordar lo que hoy nos deja y desearle que este año que comienza le vaya muy bien, que a México también, en medio de este mundo caótico y trumpiano que nos tocó vivir.

Tenga usted, pues, un muy feliz año 2026.

María Rivera

María Rivera

María Rivera es poeta, ensayista, cocinera, polemista. Nació en la ciudad de México, en los años setenta, todavía bajo la dictadura perfecta. Defiende la causa feminista, la pacificación, y la libertad. También es promotora y maestra de poesía. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (FETA 2000) Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), Los muertos (Calygramma, 2011) Casa de los Heridos (Parentalia, 2017). Obtuvo en 2005 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.

Lo dice el reportero