
Ciudad de México, 9 jun (Sin Embargo).- “Aunque me esfuercen, yo nunca voy a decir que el tiempo por pasado fue mejor”, cantaba el argentino Luis Alberto Spinetta en la impresionante “Cantata de puentes amarillos” (del disco Artaud).
Idéntica premisa cultiva el divulgador científico Eduard Punset en su reciente libro Viaje al optimismo (Diana), quien manifiesta que “el pasado fue siempre peor, y no hay duda de que el futuro será mejor”, desmintiendo entre otras cosas que la crisis sea planetaria.
El pensador, conductor del legendario programa Redes en la TVE, proclama la obligada redistribución del trabajo mientras la esperanza de vida aumenta dos años y medio cada década y recuerda que ya no es posible vivir sin las redes sociales.
Eduardo Punset Casals (Barcelona, 1936) es abogado, economista y comunicador científico. Licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid y master en Ciencias Económicas por la Universidad de Londres, también ha sido redactor económico de la BBC, director económico de la edición para América Latina del semanario The Economist y economista del FMI en los Estados Unidos y Haití.
EL OPTIMISMO ES CAMBIAR
Una de las ideas básicas del optimismo es animarse a cambiar, resalta Punset en diálogo con SinEmbargo, durante una visita fugaz que hiciera a México, traído especialmente por la editorial Planeta.
“A menudo le digo eso a los amigos empresarios, que se niegan a cambiar. Tuve un alumno en el Instituto Químico de Barcelona que era el primero de la clase y un día se me ocurrió preguntarle qué pensaba él del cambio, qué es lo que le sabría peor en su vida y me contestó sin dudarlo un instante: - Dejar de ser quien soy”, explica.
“Él consideraba una traición renunciar a lo que le habían enseñado sus padres y lo que pienso es que sin cambio no hay crecimiento”, agrega.
“Otro de los principios negados al optimismo es el de pensar que todo tiempo pasado fue mejor”, insiste, “cuando la realidad es que todo tiempo pasado fue peor”, remarca.

“En Europa, por ejemplo, la gente olvida muy pronto y ya no se acuerda cuando en los siglos XVII y XVIII se mataron a 30 mil “brujas”, que eran las únicas por otra parte que sabían algo de las hierbas medicinales, del cuidado de los niños. Hay una obcecación por no cambiar y es una de las primeras cosas que tenemos que alterar”, afirma Punset.
– A menudo es citado usted con eso que dice últimamente a los jóvenes españoles desempleados: - ¡Váyanse! ¡Váyanse!...
– (risas) Sí, hay mucha gente que no está de acuerdo, pero, ¿sabes por qué lo digo? Con toda la sinceridad del mundo lo digo porque en el ’59 inicié un exilio político impuesto por el gobierno de entonces (la dictadura franquista) por un motivo absolutamente inofensivo. Intentaba yo realizar un homenaje a un científico español que había muerto fuera de España. No podía haber una tontería mayor para que me obligaran a salir de mi país, pero lo hicieron. En esa época mi exilio coincidió con la gran emigración al extranjero de muchos de mis compatriotas, por causas económicas, cuando había 2 millones de desempleados. Siempre que hablo con los jóvenes me acuerdo de sus antepasados, cuando salieron en busca de trabajo, con peor formación, sin hablar idiomas y a la buena de Dios.
– ¿Qué tienen las personas que viven tragedias en su infancia, los peores horrores y que sin embargo en la edad adulta consiguen destacarse tanto social como profesionalmente?
– Desde la cuna, lo que el bebé quiere es un cierto reconocimiento y el amor del resto del mundo. Las personas sanas dedican toda su vida a buscar este reconocimiento y ese amor del resto del mundo. Algunas veces lo encuentran, otras no.
– ¿Las personas malas son seres desgraciados?
– Depende. Hay unos casos patológicos donde la genética decide el tipo de persona que vas a ser. En las prisiones, por ejemplo, el promedio de este tipo de gente alcanza un 14 %, aproximadamente. Es un porcentaje alto, pero en el contexto de la población general representa casos aislados. Es muy raro y ha sido uno de los grandes descubrimientos de la epigenética, que no puedas alterar un gen de manera que puedas encubrir su naturaleza verdadera e impedir de ese modo que materialice una conducta determinada.
– En una época se valoró mucho a Freud, aunque luego fue en cierto modo reemplazado por los adelantos de la ciencia de la neurología. ¿Cómo ha sidu su transitar por el camino de la mente?
– Le debemos a Freud el descubrir que el inconsciente no era cualquier cosa, en donde se equivocó es en la lectura que hizo de los contenidos del inconsciente y eso es algo que la neurología ha hecho muchísimo mejor, demostrándonos que es cierto que el recurso al inconsciente es todavía algo tremendamente importante y que el 90 % de nuestras decisiones viene dado por la intuición y no por la meditación o el fundamento científico de las acciones. Estoy pensando en los neurólogos que aceptando este descubrimiento freudiano, sin embargo se han animado a transitar otros caminos.

– ¿En su cabeza cómo se llevan Freud, la neurología, el conductismo, la ciencia?
– Parto de la realidad impuesta por los físicos de comienzos del siglo XX. Muy particularmente los físicos cuánticos. Ellos fueron los que introdujeron en una comunidad científica dogmática, un valioso principio de incertidumbre y eso me ha marcado por siempre. La humildad de la ciencia es lo que me ha enamorado. Siempre cuento la anécdota de Pierre Simon Laplace, cuando explicó su descubrimiento del equilibrio permanente de los cuerpos celestes. Lo hizo tan bien que Napoleón lo mandó a llamar para preguntarle si había consultado ese descubrimiento con Dios. A lo que Laplace respondió: - Esto, precisamente, no lo he consultado, pero otras cosas sí. En la lucha amorosa entre la ciencia y el espiritualismo, la ciencia va ganando y ahí estoy.
– ¿Con qué espíritu presenta su libro Viaje al optimismo en nuestro país?
– Creo que el libro ha sido particularmente interesante en España, porque es el país que más ha sufrido la crisis. México, en cambio, es un país que no está en crisis, a pesar de lo que creen los mexicanos. México forma parte del grupo de países en pleno crecimiento. México es un país que me recuerda mucho a la caída del Muro de Berlín en Alemania, es decir, a un territorio que va a triunfar como Polonia. En Polonia, un lugar de mucha religiosidad como este, había una gran voluntad de cambio y de transformación, similar al que encontramos ahora en esta nación. Entonces decíamos: si Polonia sale adelante, el resto del hemisferio lo hará, una máxima que bien podríamos aplicar hoy a México. Si México sale adelante, el resto del mundo también.





