
Por Jon C. Alonso, Culturamas
Ciudad de México, 14 jun (Sin Embargo).- Keith Moon (1946-1978), la bestia de Wembley. Fue un niño hiperactivo y con una imaginación de Bart Simpson. En su juventud, lo único que lo tranquilizaba era la música. Mediocre estudiante, tuvo que preparase una reválida del incendiario Wert para acceder al título de secundaria.
Un profesor de arte lo definió como un idiota sin remedio. En cambio, su maestro de sociales y lengua tuvo la corazonada de su gran habilidad para la música. Siempre, que contuviera su exacerbado nihilismo.
Entre caminatas del colegio a casa dio con el estudio de música Macari´s Music donde se inició en el aprendizaje de la batería. Recibió lecciones de uno de los percusionistas más ruidosos de la época, Carlo Little, a quien le pagaba centavos; con apenas 15 años se unió a su primera banda The Escorts.
Más tarde, pasó a ser el baterista de The Beachcombers, una banda de Londres que se prodigó en hacer covers de Cliff Richard. Moon fue considerado uno de los mejores bateristas de la historia, con una gran influencia del R&B y el Jazz. Su admiración por artistas como Hal Blaine o Gene Krupa y el gran Sonny Rollins hicieron mella en su estilo.
CUANDO SE UNE A THE WHO
Con tan sólo 17 años se unió The Who, sustituyendo a Doug Sandom. La cuestión es que la estética de la banda británica le dio en sus actuaciones en vivo por esos híbridos entre el performance y el happening —idea elucubrada en la mente de Townshend—conceptos artísticos que al joven Moon le importaban un bledo, pero obviamente, tenían su lado más marginal: la destrucción del atrezo musical.
En ese ambiente, encontró su salsa. Una de las adicciones que lo volvían loco—amén, de las drogas— eran las mujeres. Algo, que condicionó más de un escándalo con su novia de toda la vida, Kim Kerrigan. Hasta la vendetta final de ésta, unos meses después de su fallecimiento. Cuando se casó con el tecladista de los Faces Ian Mc Lagan.
El currículum de conquistas del amigo Moon fue variado y de un gusto exquisito; las modelos Georgiana Steele y la nórdica Annette Walter-Lax, así como una la lista interminable de bellas groupies.
PASTICHE DE BUFÓN, GENIO Y ESPERPENTO
Todas las andanzas y leyendas del “bad boy” están muy bien descritas en la biografía del periodista y crítico musical Tony Fletcher, de rica prosa y un ritmo trepidante.
Keith Moon estuvo presente en los inicios de Led Zeppelin. Todos sabían que sus bromas podían ser insoportables. Al respecto, podríamos reseñar algunos episodios importantísimos en la vida de Moon.
El primero, el famoso vigésimo primer cumpleaños en Míchigan. La fiesta organizada por los miembros de la banda, donde el cuelgue fue de juzgado de guardia. Siempre burlándose de “rulitos Daltrey”, pues según el joven baterista, no tenía ni idea de cómo cantar.
El segundo, su época de residencia en California. Keith se emocionó al enterarse de que su vecino de al lado era Steve McQueen. Fue a su casa para presentarse, pero en vez de eso conoció a su hijo, al que ofreció drogas rápidamente.
Comenzó una pelea, y culminó con Keith mordiendo al perro de McQueen. Al día siguiente tuvo que ir a la comisaría para contestar unas preguntas y se presentó vestido con un uniforme nazi. Se retiraron todos los cargos.
Tercero, su pasión por destrozar hoteles (la cadena Holiday Inn prohibió la presencia de la banda en sus establecimientos). Cuarto, el asunto del atropello en Hatfield con un peatón y su guardaespaldas personal.
Imposible obviar el escándalo con la diva Bette Davis en un show de TV que presentaban los Smothers Brothers en la CBS.
Sin decírselo a nadie, Keith cargó el tambor de su batería con pólvora antes de la actuación. Sin embargo, no sabía cuánta usar y terminó poniendo más de la cuenta. Casi al final, mientras Townshend tocaba su Rickenbacker delante del equipo de Keith, hizo estallar la pólvora causando una gran explosión.
John y Roger se agacharon a un lado del escenario y Pete salió despedido. Su pelo acabó chamuscado y su oído derecho destrozado. Un trozo de platillo se clavó en el brazo de Keith.
Entre los invitados estaba la ínclita, Bette Davis que se desmayó en los brazos de Mickey Rooney ante el asombro del respetable.
LOS DÍAS CONTADOS
Keith Moon dedicó su vida a la diversión y a las bravatas humorísticas. Consiguió hacer del concepto sinvergüenza un arte, pero ese deporte adictivo tenía los días contados.
En el fondo, Keith no era un personaje ramplón. Instrumentista potente e imaginativo, no podía dar salida en The Who a toda su química —intrínseca— pura genética.
Al igual que los otros miembros, trabajó en solitario en Two faces of the moon (1974), magnífico trabajo que recordaba uno de los ingredientes característicos del grupo londinense; las armonías vocales “surfing”.
El 7 de septiembre de 1978 Paul McCartney lo invitó a ver la película The Buddy Holly story— Ambos eran fans del tejano y la velada resultó perfecta—.
En su casa Keith tomó píldoras de Clometiazol que le habían prescrito para combatir su alcoholismo. A día siguiente no despertó, yacía cadáver en su lecho. El baterista inolvidable tenía 32 años.





