ENTREVISTA | El romanticismo tiene antídotos para nuestros males: William Ospina

13/08/2015 - 12:06 am

El célebre escritor colombiano llegó a México para presentar su nueva novela El verano que nunca llegó. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo
El célebre escritor colombiano llegó a México para presentar su nueva novela El verano que nunca llegó. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Ciudad de México, 13 de agosto (SinEmbargo).- Una charla a fondo con el escritor colombiano William Ospina (Padua, Tolima, 1954), equivale a tomar contacto con la floreciente literatura colombiana, un corpus que ha podido no sólo enfrentar el desafío de escribir después de Gabriel García Márquez, sino también redimirse en el ejercicio de una obra ecléctica y propositiva, que se destaca con brillos genuinos en el continente.

Ahora, con su nueva novela, El verano que nunca llegó (PHM/Alfaguara), el autor de la aclamada El país de la canela (Premio Rómulo Gallegos 2009) nos lleva al siglo XIX para revivir la pasión de los románticos y contar de paso la biografía aciaga de Lord Byron, la obsesión por Frankenstein y los vampiros.

Una tremenda erupción de un volcán en Indonesia convirtió el verano europeo de 1816 en uno de los más fríos y desapacibles de los que se tenga noticia. Una inmensa nube de azufre, ceniza y cristales en polvo cubrió los cielos del hemisferio norte, hasta el punto de provocar una larga noche de tres días de duración.

Justo entonces se reunieron en la mansión de Villa Diodati, en los márgenes del Lago de Ginebra, Lord Byron, Mary Shelley, John Polidori y el poeta Percy Bysshe Shelley, entre otros. El encuentro ha pasado a la historia: de él surgieron algunas de las pesadillas más recordadas de los tiempos modernos, como Frankenstein y El vampiro, y se ha convertido en un episodio emocionante para lectores, escritores y estudiosos.

Ospina, poeta consumado con títulos como Hilo de Arena (1986), La luna del dragón (1992) y El país del viento (Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura, 1992), construye una historia apasionante, especie de espejo por donde mirar la evolución de la sensibilidad humana en un tiempo donde la sensibilidad es lo que parece estar ausente y anhelado.

–¿Hay que volver a los románticos?

–Creo que sí. Estamos en una etapa en donde hay un cierto culto al racionalismo, a la ciencia, a la tecnología, una dictadura de la estadística y una mirada utilitaria sobre el mundo. Cosas nada románticas, por cierto. Si bien el romanticismo es muchas cosas diversas, tiene algunos antídotos para ciertos males de la humanidad.

–Sobre todo personajes como Lord Byron, perteneciente a una clase de tipos extraordinarios. A veces nuestro tiempo parece caracterizarse por la falta de esas criaturas únicas, al menos en la literatura

–Sí y también algunos gestos que en aquel entonces eran muy auténticos, hoy –cuando ocurren- tienden a ser estrategias comerciales o recursos escénicos o meramente espectáculo

–Gestos de otros gestos, ¿verdad?

–Estoy seguro de que Byron no vivía exactamente la vida como un espectáculo. Había una sinceridad en él, una necesidad de esquivar ciertas cosas y tal vez por eso se metía en tantos problemas. Lo pasó muy mal por muchas razones, no calculaba lo que hacía ni sus consecuencias. Hoy, los personajes que se parecen a Byron en algunos desplantes, calculan mucho más lo que hacen y están más pendientes de cómo van a quedar la foto o el video.

–Fernando Vallejo quizás nunca podrá ser un Lord Byron…

–(risas) Bueno, creo que en él hay una sinceridad grande en lo que dice, pero la época parece obligarnos a asumir un papel. No es una época inocente y en esa medida es una época hostil a la inocencia.

–El verano que nunca llegó de todas maneras puede ser una novela de actualidad, a juzgar por el calentamiento climático…

–Siento que esta historia está escrita a la sombra de la amenaza del cambio global. Entre 1200 y 1800 se dio la Pequeña Edad del Hielo, porque el planeta tuvo un enfriamiento prolongado. Muchos se lo atribuyen a la acción casi concertada de los volcanes que hicieron erupción por la misma época. Ahora padecemos un calentamiento global fruto de la actividad humana e industrial.

El escritor colombiano reivindica el espíritu del Romanticismo en su nuevo libro. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo
El escritor colombiano reivindica el espíritu del Romanticismo en su nuevo libro. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–A la luz de tu obra, ¿cómo es tu visión del mundo, hemos fracasado como especie, estamos condenados a desaparecer?

–No creo que podamos afirmarlo de ese modo. Somos una especie trágica, porque estamos llenos de virtudes y de peligros y a veces nuestras virtudes son el peligro. Como decía Nietzsche: “Perecerás por tus virtudes”. Creo también que la humanidad tiene el talento de reaccionar, no somos capaces de renunciar a la tentación, de probar la manzana, pero también hay muchas fuerzas en el mundo que se alarman y reaccionan. Cuando veo documentos como la reciente Encíclica Papal, me digo que la humanidad tiene la capacidad de reaccionar. Los críticos parecen apocalípticos, pero necesitamos esas alarmas más que suavizar las cosas.

–En la novela hay una gran pasión por la prosa, por escribir bien

–Diría que hay un intento de mayor naturalidad en el lenguaje. Para mí escribir mis novelas sobre la Conquista de América y sobre el Amazonas, exigió una construcción de un lenguaje que algunos llamarían barroco. No es barroco porque no es exagerado. Describir un armadillo o una piña no es barroquismo, sino naturalismo de un mundo más profuso, más rico. Esta novela para mí exigía otra cosa, exigía mirar un pasado relativamente reciente con el que compartimos muchos entusiasmos y peligros, pero también mirar desde hoy. No quería hacer una novela sobre el siglo XIX, sino una novela que describiera cómo vivimos hoy los recuerdos del siglo XIX.

–Bueno, el Frankenstein de tu novela parece mucho más reconocible hoy que ayer

–Y sin duda resulta hoy un personaje menos monstruoso. No me interesa el costado monstruoso de estos personajes cuanto lo que dicen profundamente de nuestra condición humana. Es un pobre ser desamparado que quiere ser amado y no lo logra porque es feo, está contrahecho. No tuvo infancia, lo que lo hace totalmente vulnerable. El vampiro me parece un poco más distante que Frankenstein como criatura y lo veo más como una fantasía lóbrega sobre la inmortalidad.

–¿No será también que en el Romanticismo belleza y maldad eran dos elementos de una misma unidad?

–Eso es verdad. Creo que el Romanticismo no podía existir sin la belleza como necesidad de la vida y de la cultura. La belleza era una manera de interpretar los fenómenos del mundo. Hay un momento del Doctor Fausto, de Thomas Mann, donde un personaje dice que la cultura no es más que la gradual incorporación de lo monstruoso y lo sombrío en el culto de lo divino. Los románticos ampliaron el horizonte de lo poético y de lo bello. Nuestra época, en cambio, se complace en renunciar a lo bello.

–Ya que hablaste de Thomas Mann, la relectura de los clásicos produce un efecto de fe inmediata en la especie humana, ¿no crees?

–Bueno, no sabemos si lo que busca el arte es protegernos del mundo, familiarizarnos con él o inmunizarlos frente a ciertos males de ese mundo. Alguien dijo que la tragedia funcionaba en nosotros como una vacuna, para protegernos frente a la evidencia de la fatalidad. Giramos alrededor de la muerte como una manera de protegernos de ella. Nos sabemos destinados fatalmente a la enfermedad y a la muerte y por eso a veces nuestras contorsiones se ven como muecas en el vacío.

–No hay nada más antieuropeo que Angela Merkel y de eso también da cuenta tu libro, de esa cultura europea que hoy ya no practican los europeos…

–Borges decía con su ironía clásica que tal vez los únicos europeos que existen somos los latinoamericanos. Creo que a Europa le va a tocar cada vez más mirar en esa dirección y buscar a los europeos que hubo en su historia. Personajes como Goethe, Voltaire, como Byron mismo, parecen encarnar un espíritu que trasciende las fronteras y las supersticiones locales.

Con su novela El país de la canela ganó el Premio Rómulo Gallegos en 2009. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo
Con su novela El país de la canela ganó el Premio Rómulo Gallegos en 2009. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–Borges es una de tus líneas de investigación en El verano que nunca llegó

–Sucede que Borges es irrenunciable para cualquier escritor en cualquier lugar del planeta. Los jóvenes escritores del mundo no pueden escribir sin Borges. No es simplemente un autor sino una literatura. Es el guardián de las bibliotecas planetarias.

–El florecimiento de la literatura colombiana le da la espalda a cierta tradición folclórica en la que se la quiso encorsetar

–Sí, me parece que en todos los países del continente hemos logrado trascender la obligación de lo local. Antes, frente a un escritor mexicano o argentino, se preguntaba dónde estaban Rulfo o Sarmiento en su obra. Ahora tenemos la certeza que los escritores nos nutrimos de muchas y diversas tradiciones. Sentimos que uno de nuestros deberes locales es ser universal. Nos resulta mucho más fácil que en otros tiempos contar historias de cualquier lugar del mundo, ver lo que tenemos en común con el resto de la humanidad, sin renunciar a entender que vemos el mundo desde un lugar particular, desde una tradición, de una manera particular de vivir la lengua.

–¿Nunca fue un peso para ti Gabriel García Márquez?

–Fue sobre todo un desafío. Para todos los colombianos haber presenciado la carrera vital y literaria de Gabriel García Márquez fue vivir un descubrimiento maravilloso. Colombia con él ganó existencia en el mundo. Tenía la capacidad de pertenecer al mundo sin dejar de ser colombiano y además muy colombiano. Sé que para muchos escritores contemporáneos suyos él significó una limitación muy grande, porque ya era difícil ocupar el espacio con él, como ocupaban mucho espacio en su tiempo Víctor Hugo en Francia y Lope de Vega en España. Para los que nacimos después, la situación es distinta, uno no se siente rival de eso, sino hasta donde puede, heredero de eso. Tampoco nos sentimos obligados a seguir ese camino ya explorado, sino que el verdadero desafío lo constituye explorar caminos nuevos.

Mónica Maristain

Mónica Maristain

Es editora, periodista y escritora. Nació en Argentina y desde el 2000 reside en México. Ha escrito para distintos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Playboy, de la que fue editora en jefe para Latinoamérica. Actualmente es editora de Cultura y Espectáculos en SinEmbargo.mx. Tiene 12 libros publicados.

Lo dice el reportero