La gente continúa en la calle durante la Fase 3 de la COVID-19. Foto: Rogelio Morales, Cuartoscuro.

Por Ornela Garelli*

Más allá de las preocupaciones diarias e inmediatas que podemos tener en estos días de emergencia sanitaria (como educar a los niños y niñas desde casa o abastecerse de lo necesario de forma segura); la pandemia ha abierto la posibilidad de despertar reflexiones más profundas sobre nosotras mismas, sobre la forma de vida que llevábamos antes del encierro, sobre lo que consideramos realmente importante y sobre lo que haremos y seremos cuando podamos volver a la “normalidad”.

La COVID-19 nos ha mostrado el amplio desgaste del sistema capitalista neoliberal dominante, así como cuán vulnerables somos debido a su preponderancia no sólo en la economía sino en muchos otros aspectos de nuestras vidas, desde los alimentos que comemos, los servicios públicos a los que tenemos acceso, la forma en que habitamos las ciudades, los valores que defendemos, y la manera en que nos relacionamos con la naturaleza.

Así, esta hegemonía capitalista se ha reflejado en la existencia de profundas desigualdades en nuestras sociedades; en la persistencia de altos niveles de pobreza; en la falta de acceso para todas y todos y en todas las regiones del país a servicios básicos de calidad, como lo es la atención médica; la pandemia de sobrepeso y obesidad en la población mexicana debido a la amplia oferta de alimentos ultraprocesados, altos en calorías y de bajo valor nutricional; en el transporte público en malas condiciones y poco eficiente que debemos tomar millones de personas porque el gasto público favorece el uso de coches a través, por ejemplo, de la construcción de nuevas carreteras; el consumismo imperante en muchas personas que compran hasta lo que no pueden pagar para ganar estatus o manejar sus emociones; así como en la explotación que se ha hecho de la naturaleza que ha llevado a grandes afectaciones ambientales, como la deforestación, la pérdida de biodiversidad, la aparición de enfermedades zoonóticas (como de hecho lo es la COVID-19) o el cambio climático.

Estas problemáticas llevan años existiendo, pero la pandemia las ha puesto en el ojo público. Por ejemplo, la desigualdad se ha mostrado más evidente, con amplios sectores de la sociedad sin sueldos seguros, sin la posibilidad de cumplir la cuarentena en casa por necesidad de salir a ganarse el pan, o sin tener acceso a servicios médicos, como pasa en regiones rurales o lejanas al centro del país . Además de que la obesidad y la diabetes están entre los principales agravantes del COVID-19.

Ante esto, los días de confinamiento nos han mostrado que otras formas de vivir son posibles y que es imperativo hacer una transformación de fondo para llegar a éstas, de modo que podamos hacernos más resilientes ante crisis como la actual pero también ante los problemas por venir; ya que tenemos en puerta, por ejemplo, una crisis climática y de pérdida de biodiversidad que se agravan cada vez más y que no debemos dejar de lado. Una opción en este sentido es optar y promover un nuevo estilo de vida que nos permita satisfacer nuestras necesidades pero dentro de los límites de un planeta con recursos finitos, que nos permita disfrutar y recuperar nuestras ciudades al tiempo en que construimos sociedades más justas, autosuficientes e igualitarias.

A este nuevo estilo de vida lo llamamos, Vida 1.5. ¿Por qué 1.5? Porque nuestras acciones y hábitos, formas de consumo y de transporte, preferencias en alimentos o en la ropa que vestimos, debe ser bajo en carbono y contribuir al combate del cambio climático, al mantenernos por debajo de los 1.5 °C (el límite de temperatura que los científicos indican debemos mantener para evitar llegar a un punto sin retorno).

Pero ¿cómo podemos traducir el estilo de vida 1.5 en la práctica? La idea es que podamos comenzar haciendo pequeños cambios en nuestros hábitos de consumo de modo que detrás de cada decisión exista una consideración por el bienestar del planeta y de las personas. La premisa es consumir menos, y mejor.

Al reducir nuestro consumo contribuimos a disminuir el uso de las grandes cantidades de recursos naturales que se explotan para poder producir masivamente todo lo que compramos (desde comida hasta autos), además de que contribuimos a reducir la contaminación del aire, suelo y agua, así como la deforestación, que los procesos industriales generan. Por esto, antes de comprar algo nuevo podemos preguntarnos si realmente lo necesitamos, o cuestionarnos de dónde viene (¿de trabajo mal pagado en maquilas del norte del país o de comunidades indígenas de mi ciudad?) y a dónde irá una vez que lo desechemos (¿a un relleno sanitario, al océano o podrá reutilizarse por alguien más?)

Al consumir mejor, optamos por opciones que no dañan el planeta y que benefician a las personas y no a las grandes empresas. Ejemplos de esto se encuentran en optar por alimentos naturales producidos de forma ecológica y local (como frutas y verduras de temporada cultivadas mediante la agroecología en zonas aledañas a la ciudad donde vivimos), por alimentos hechos de forma artesanal con ingredientes criollos, por utilizar la bici siempre que sea posible en lugar del coche, por ropa de segunda mano en lugar de comprar modelos de fast fashion, por reparar tu ropa o calzado para extender su vida útil o por donarla a quien pueda necesitarla, etc.

Existen un sin número de opciones como éstas que nos permitirán ser consumidores más responsables con nuestra salud, con la del planeta, y con las personas de las que adquirimos los productos necesitados. Este estilo de vida 1.5, basado en la producción y el consumo local, ecológico, de pequeña escala, natural, nos permitirá avanzar hacia sociedades menos vulnerables, más justas y más verdes.

*Especialista en consumo responsable y cambio climático en Greenpeace México