Bienvenido al circo Educación donde los saberes y haceres son casi lo mismo. Toma tu lugar que el espectáculo de ideas está por comenzar. La carpa es extensa, siéntate donde la ignorancia ya ni te sepa y el conocimiento tenga sabor a algodones de azúcar con las respuestas correctas.
El enfrentamiento del conocimiento es a las mismas horas, los mismos días en el aula de siempre. Una taquicardia espontánea te ataca mientras te aproximas al salón de clases porque piensas en lo que podría pasar. “Ningún día es igual”, recuerdas como máxima de la docencia. Repasas en tu mente la información de los temas que expondrás a manera de soliloquio interior, e incluso la actividad a realizar, si es que cincuenta minutos lo permiten.
Entras a la caja del saber. Los alumnos te siguen como bocado que pasa por la faringe. Toman asiento y esperan a que pases lista. No todos están ahí. Los “rebeldes” se quedan afuera conversando sobre cualquier cosa u observando quien pasa con tal de esquivar el encuentro. Vas, te acercas a la puerta y les dices que pasen al salón porque ya va a empezar la clase. A regañadientes, los saltimbanquis cruzan la frontera del saber y el conformismo o peor aun indiferencia.
Tras el protocolo de tomar asiento, cedes a pasar lista con tal de llevar registro de su desempeño y asistencia durante un mes. En dicho nombramiento invadido por una serie de minúsculas cuadrículas, fechas desapercibidas y nombres que nos llevan a una acumulación de sujetos, se aprende y bastante. A veces la risa es inevitable, extraños apellidos o curiosas combinaciones pueden más que morderse los labios para aguantar. Ejemplo: Nose, ¿realmente funciona como apellido? ¿No es una respuesta a una pregunta? Sigues, y tu mirada repara en quien se distrae con la plática decorada con el aleteo de las cortinas o mirar “pasar los minutos” en el celular.
“Profe, no me nombró”. Te alega el pupilo con mirada que no sentencia la supuesta falta. Corriges la supuesta omisión y sacas tus hachas del conocimiento para clavarlas en letras en el lienzo en blanco.
Mientras escribes, alcanzas a ver de reojo los lanzamientos de aviones de papel, escuchas los murmullos de lo que inquieta a tus estudiantes: la llamada esperada, la materia que se reprobó, una salida en ciernes en espera de obtener permiso para efectuarse, un malentendido amistoso o incluso discusiones de la vida. Terminas de clavar las ideas y viene lo que define el comienzo de una batalla donde domina la concentración absoluta: el momento de explicar.
El eco forma parte de tu discurso. Parece regresarse toda tu palabrería con la acústica. Procuras introducir el tema de una manera amena, muy formal o bastante informal, dependiendo lo que la asignación se preste y el programa de estudios indique. El ritmo cardiaco fluye. El reto es mirarlos a los ojos para obtener su atención, sin olvidar mantener el orden y el respeto, toda una odisea en estos días, donde las balas y las lágrimas falsas pueden más que las palabras y la discusión de las ideas.
Ellos concentran sus cabezas en mirarte y seguir algunas de tus indicaciones, todo depende del linaje y los antecedentes aprendidos, también del carácter del domador en el aula y su eficacia para captar la atención de los estudiantes y a la vez mantener la disciplina en el grupo. Manejo regular al principio, los potenciales a ovejas negras se salen del corral escolar y sin “querer” interrumpen tu trabajo, llevándolo en ocasiones a la frustración cognitiva.
Sus faltas de ortografía en un principio te desconciertan enormemente, después la ternura justifica un fenómeno casi intolerable: yo, escrito con doble ele, seguido de no saber distinguir los usos de ¡ay!, hay y ahí. ¡Ay dios mío!
Lees sus errores en voz alta, te sentencia con la mirada: “No lo lea profe”, ya sé que está mal, pero se entiende ¿no?
Continúa la lección del día. Tu voz se extingue a fuerza de estar solicitando silencio y explicando información que en un futuro podría servirles, aunque ellos piensen lo contrario. Te desplazas a lo largo y ancho del salón, tus tacones resuenan, si no es que la pluma que presionas para que pueda fluir la tinta. Vigilas su comportamiento a distancia, respondes dudas sobre algún término o vuelves a explicar el tema. Algún intrépido juega con el lenguaje y te saca una sonrisa que para el grupo es una liberación de endorfinas y una comunión entre la empatía y el conocimiento.
Toca el timbre, se cierran los cuadernos como si siguieran una partitura al mismo ritmo y tiempo, en complicidad con el deseo de salir a aprender cómo es el mundo. Los pupitres se quedan bailando, las filas se deforman y el pizarrón acaricia los últimos destellos de ideas por aprender al ser borradas por el siguiente profesor en turno.
@taciturnafeliz




