
Por Andrés Araujo
Ciudad de México, 27 de agosto (SinEmbargo/LaCiudadDeportiva).– “No habrá revancha”, susurró el campeón mundial boxístico Apollo Creed. “No necesito una”, respondió su recién derrotado contrincante. Lo que nació como una vaga idea del actor Sylvester Stallone al ver a Muhammad Ali y Chuck Wepner en pleno combate se convirtió en una de las grandes historias que el séptimo arte nos ha regalado: la de Rocky Balboa.
Sin embargo, aquellas escenas del personaje encarnado por Stallone golpeando grandes trozos de carne, haciendo flexiones con una sola mano o la epiquísima secuencia donde el boxeador recorre las calles de Filadelfia a toda velocidad fielmente seguido por sus admiradores no eran obra de la casualidad. El histrión neoyorquino siempre fue un enamorado del deporte; su madre Jaqueline Stallone era maestra de danza, aunque en sus ratos libres se encargaba de representar gran cantidad de luchadoras amateurs. Esto hizo que la adolescencia del pequeño Sylvester transcurriera en gimnasios, llevándolo esto a ser un destacado jugador de futbol americano durante su juventud y también a tener constantes roces con compañeros que desembocaron en su expulsión de varios colegios.
Con un futuro que parecía enteramente destinado a las riñas callejeras, el muchacho de ascendencia italiana optó por dar un vuelco en su vida dedicándose a algo diametralmente opuesto: la actuación. Tan seguro estaba de entrar a la actuación que, para pagar sus clases de arte dramático, se vio obligado a protagonizar una película pornográfica. “Tenía que hacerlo. En ese tiempo contaba únicamente con veinte dólares en mi cuenta bancaria”, confesó años después. Su debut en la pantalla grande ocurrió bajo la dirección de Woody Allen haciendo un pequeño papel en Bananas.
No obstante, las ofertas no abundaban para Stallone, quien decidió dedicarse a escribir guiones; y fue esa la decisión que cambió su vida. Era de noche cuando él estaba viendo con suma emoción el combate pugilístico entre el peleador otrora conocido como Cassius Clay frente al neojerseíta Chuck Wepner y se puso a pensar sobre la vida personal de ambos. ¿Qué motivación tenían para subir al cuadrilátero? ¿Era el box realmente lo más importante? ¿Los golpes recibidos sobre el encordado podrían doler más que los asestados una y otra vez por la vida? El resultado fue un extraordinario guión que años después le hizo dar un descomunal salto a la fama y adjudicarse tres Óscar (mejor película, mejor director y mejor montaje) al que tituló “Rocky”.
Stallone interpretó al más célebre pugilista que la gran pantalla haya proyectado jamás. Rocky Balboa se midió a rivales de la talla de Thunderlips (interpretado por el inolvidable luchador americano Hulk Hogan), James ‘Clubber’ Lang (encarnado por Mr. T) y demás peleadores como Nicoli Koloff o su pupilo Tommy Gun. Pero es ante el todopoderoso Apollo Creed y frente al ególatra Mason Dixon (interpretado por el boxeador profesional Antonio Tarver) cuando suceden los encuentros más importantes.
El primero es frente a Creed, en lo que significa el primer encuentro profesional del deprimido y tachado de vago Balboa. Esto significa para el personaje una revancha personal; el darse cuenta de que no es únicamente un prestamista fracasado sin futuro y que de verdad vale la pena perseguir los sueños hasta el final. Pierde la pelea, sí, pero termina por darse cuenta de lo que realmente le llena el corazón: Adriana Pennino, su gran amor.
Es en la segunda película cuando Apollo y Balboa se vuelven a encontrar en el cuadrilátero debido a que el primero se vio obligado por la prensa a otorgar una revancha. Sin embargo, el resultado es ahora distinto. La fatiga de ambos era evidente en el último round cuando Rocky logra conectar un gancho sobre el campeón mundial. El golpe es fulminante, pero las piernas del retador no dan para más. Ambos están en el suelo cuando el heroicismo de Balboa cobra dimensiones inusitadas: logra ponerse de pie. La cuenta fatal llega a su final con Creed tendido sobre la lona; Rocky era el vencedor.
El triunfo le permitió mantenerse en la élite del boxeo, hasta que la tragedia volvió a tocar a su puerta. La última cinta del pugilista titulada Rocky Balboa, nos muestra un ser humano que luce acabado. Su gran amor ha muerto, su hija ha optado por distanciarse de él y han transcurrido ya dieciséis años de su último combate. Sin embargo, una afamada cadena de televisión le ofrece un último encuentro de despedida frente al exitoso Mason Dixon. Tras pensárselo bastante, Rocky acepta.

No obstante, el encuentro parece mero entrenamiento para Dixon: le asesta golpes a Balboa una y otra vez. Es entonces que con el recuerdo de su difunta esposa más presente que nunca, Rocky vuelve a la pelea. Devuelve todos y cada uno de los golpes. Domina la pelea. Domina al adversario. El combate termina. El Semental agradece a Dixon la oportunidad y pierde la pelea, pero poco importa. El estadio entero vitorea al gran ídolo, a sabiendas de que, pese a la derrota, se retiró como un auténtico grande.
El deporte siempre tendrá una enorme deuda con Sylvester Stallone. El legendario histrión se encargó de que las historias deportivas tuviesen enorme cabida en el séptimo arte. El neoyorquino ingresó al Salón de la Fama del Boxeo y quedó tatuado en la mente de todo aquel fanático del pugilismo. Y no es para menos. Creó y encarnó a Rocky Balboa; el luchador ficticio que alcanzó estándares únicamente igualables por los mejores boxeadores de todos los tiempos.




