Ir al cine es como ir a un día de campo donde la naturaleza cinematográfica lleva a los espectadores a dejarse embelesar por una historia algunas veces inverosímil, de flores perfumadas de efectos especiales, dramas baratos o intensidades que las palomitas lloran al terminar la función estelar de mediodía en la oscuridad de un bosque lleno de árboles vestidos de butacas.
La pantalla es el cielo que rebasa los límites del ojo vigilante, de los argumentos que se pretenden contar en una hora y media, a menos que la pluma del ave guionista dé para vuelos más extensos, al grado de perseguir la psicología de los personajes como la danza del aire provocando la caída de algunos pétalos rebeldes que no quieren disfrutar de una primavera en ciernes.
Hanami a la mexicana. Todo un homenaje a los cerezos del alma que caen como una piedra en la conciencia humana. En ocasiones con el fin de ser testigos del florecimiento resumido en imágenes y sonidos en movimiento, se guardan los mejores sitios de los cerezos con días de anticipación.
La fila para presenciar la convivencia con el séptimo arte se reconoce cuando varias conversaciones se pierden en la carretera en forma de antesala, en la expectativa de llegar a ese cuadro oscuro que empieza a desprender el aroma a palomitas dulces y saladas, esencia de la naturaleza que invita a los curiosos a acercarse hacia ese espectáculo que une o evade situaciones por enfrentar.
Con bocadillos en mano y bebidas en la canasta improvisada, la fila va avanzando. Los asistentes se embelesan de las anémonas en forma de posters que saludan espontáneamente con los próximos estrenos silvestres que secuestran las miradas futuras con títulos pretenciosos donde el romance, los golpes, los saltos, el llanto, las risas forzadas o animaciones serán las nuevas galanterías de los adictos al picnic en el cine.
Sándwiches de melancolía, jamón con risa, frutas de enojo y jugos de euforia se devoran en el bosque con butacas dispuestas a bañarnos de esa sensibilidad que tanta exposición a los medios y las malas experiencias nos hacen olvidar que no somos de piedra, sino de mucho hueso dispuesto a ser devorado por los perros que, hambrientos se acercan a los manteles dormidos en el pasto al sonar de "Going to school" de Memorias de una geisha.
Un paseo en la bicicleta celestial se dibuja en el cuadro del picnic en el cine. Los novios conversan en susurros azotados por los besos, los adolescentes que lanzan los refrigerios como frisbees, los amigos que bajo el pretexto del terror estiran sus brazos para decir lo que sienten con las extremidades corporales y los sabios que toman una siesta en el parque oscuro.
Al estilo Cinema Paradiso, todos terminamos siendo Totó, amantes de las imágenes proyectadas en el cielo puesto a nuestros pies y queriendo descubrir el hilo negro al liberar ese carrete de película de 123 minutos eternos. Ojalá todas nuestras dudas se resolvieran con el regalo que Alfredo le dio a Salvatore.
@taciturnafeliz




