Enterrados vivos

Alicia González

09/08/2013 - 11:01 pm

El límite del sufrimiento no es general, sino individual,
Edgar Allan Poe

¿Cuántas veces no hemos sido inhumados vivos? Ser nuestros propios sepultureros y dejar que la represión descomponga nuestra alma hasta ya no saber de ella y olvidar nuestros verdaderos nombres, más allá de apellidos, letras y formas.

Somos enterrados vivos como en el cuento de Poe, a diferencia de que no siempre logramos salir de ese abismo terregoso lleno de gusanos regañando a la psique como mecanismo de defensa hacia el jardín de la existencia. Ya lo decía el autor, ser enterrado vivo es la desgracia más aterradora. Entonces vivimos en perpetuo revés al tratar de engañar al mundo y a nosotros mismos.

La experiencia nos conduce a una catalepsia emocional, donde la sensibilidad habita muy en el fondo de nuestras ciudades corporales. Respiramos en el cementerio de la autenticidad y escarbamos la más falaz de las sonrisas para regalársela al universo en pos de pertenecer a una corporación humana con fecha de caducidad al consumo de la ventura.

Desde párvulos esfínteres nos enterramos vivos al cometer indiscreciones en pañales. La voz materna nos indica que esperemos para sumergir nuestras memorias en el excusado. Después en el escombro del regaño, las lágrimas y gimoteos se vuelcan en una desesperación cortada de raíz. No hay de otra, reprimirse para sobrevivir.

Somos enterrados vivos cuando el silencio confina los miligramos de albedrío, que nos quedan. No dejar fluir la corriente de los pensamientos, roba la campana con que puede salvarnos. Nadie nos oye, solo una cuarta parte de las neuronas que mueren de asfixia.

Los retorcijones estomacales no mienten, pero el pudor nos entierra vivos cuando los excesos suplican salir de ese ataúd corporal para pasar a mejor vida. Los sabores se pasean burlándose de nosotros, mientras tocamos desesperados las puertas del dolor que da vueltas.

Nos enterramos vivos cuando la dosificación emocional se vuelve nuestro estandarte y lo cubrimos de la cortina indiferencia, sin dejar de conocer nuestra parte original que las epilepsias reales transformaron en esencias golpeadas por una fuerza improvisada como mecanismo de camuflaje.

Ni cedo, ni cedes. Somos cadáveres vivos que jugamos a controlar la sepultura de sentir, aunque las miradas de reojo aseguren lo contrario.

Tres metros bajo represión, sin luz para expresar la personalidad, sordos cortejados por los gusanos y odiados por la falta de oxigeno, nos produce el peor de los desasosiegos: ser enterrados vivos a falta de libertad de expresión y autocensura como predeterminada como un funeral.

@taciturnafeliz

Alicia González

Lo dice el reportero