Viernes con sabor a jueves, sábado con sabor a viernes seco, domingo con sabor a martes. Los deberes nos hacen olvidar que hasta la fecha seguimos vivos. La sobrepoblación extingue el libre transitar de las ideas: de la juventud apilada en los mesabancos que lucha por un mañana desconocido; las oficinas tratando de sacar los pendientes de la burocracia exiliados entre el estrés y el exquisito vaho del café que demanda la prisa infinita, las familias en desconocimiento total o parcial de sus miembros, pero siempre queriendo sacar adelante las prioridades materiales del hogar.
Los días transcurren a la sazón que no les corresponde, por lo celoso que es pertenecer a la población económicamente activa, al ni estudio ni trabajo ni soy ama de casa, o ser todo a la vez en pretensión de convertirse en un ente que busca reafirmar su existencia.
Tiempo que corre y de repente transcurre lento cuando la ansiedad visita a su prima hermana llamada impaciencia y espera el día que se antepone al descanso laboral para disponer a la conciencia a un breve letargo del tedio –una pausa– de exhalar con el cuerpo energía física y mental demandada hasta las nubes. ¿Qué hacer en esa siesta del deber? ¿Obedecer al instinto primario? ¿Zapear hasta exaltarse y morir siendo un receptor caído en la batalla mediática o luchar por el regreso a la esencia del paso de los días?
Las telenovelas siembran el olvido de la realidad y crean expectativas de un universo inverosímil en argumentos baratos de amor, promiscuidad y felicidad con tal solo tener un prototipo de belleza ideal. La publicidad prometiendo a través de la visión a distancia un bienestar ajeno de las emociones, por medio del materialismo efímero que así como compra sonrisas las deshace en un santiamén. La tecnología como extensión del cuerpo y evasión de la realidad tras una larga jornada laboral que apenas y permite sentir a quien se casa por ocho horas o más en el cargo de sus deberes.
El mundo afuera espera ser conquistado por quienes se atreven a desafiar la rutina inactiva y dibujar ojeras sobre ojeras, bostezos como vestigios de una conversación con las estrellas –vistas en la copa de vino o en la lata de cerveza. El mundo espera ser conquistado desde adentro, una conversación que trae consigo un atisbo de acercamiento a lo que las almas en tránsito buscan perdidas en el cumplimiento de los deberes y la reducción del tiempo como un castigo a crecer, a dejar la adolescencia y la juventud para dar paso a nuevos océanos de responsabilidades.
Viernes con sabor a pronósticos e impulsos nocturnos: planes, no planes. Sábado con delirios del hogar, tentaciones callejeras o surtir la despensa. Domingo con sabor a pies descalzos que gritan libertad. La espalda rumbea con el respaldo del sofá mientras los ojos duermen y recuerdan que puede dormir un poco más de la cuenta. El baño se pospone hasta nuevo aviso. La quietud regresa si los hilos del ser humano no se saturan de tantas agujas que lo hagan desconocerse o por lo menos se da cinco minutos para reconocerse.




