- Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo
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Ciudad de México, 27 de mayo (SinEmbargo).- Suena el claxon de una patrulla con sus dos agentes arriba empedernidos diciendo por altavoz: "Aváncele con precaución". Las miradas de los conductores de los automóviles varados son pendencieras. No hay un solo espacio libre que ocupar mientras se avanza a no menos de 10 km/hr. Hileras de coches con banderas saliéndose de las vidrios con gente impaciente a bordo se asoman a ver el panorama que luce desconsolador. Se vuelve a escuchar el claxon de la patrulla.
Es la final del Clausura 2013 del futbol mexicano entre América y Cruz Azul. La calzada de Tlalpan se volvió un autotianguis. En la espera eterna, el apetito se va muriendo con tres Bubulubus a 10 pesos, cacahuates chinos, papas, refrescos y dulces cada 100 metros. Un ejército de comerciantes ambulantes desfila entre las hileras formadas por casualidad. La comida sirve para matar cualquier angustia imprevista.
Un "vocho" verde con 10 personas a bordo vestidas con la camiseta del Cruz Azul avanzan lentamente por el carril central. De la decena de ocupantes, cuatro son niños de no más de 10 años. Van comiendo golosinas que les manchan sus playeras mientras su papá que conduce se pelea con el de al lado por querer metérsele. Un niño tira la paleta por la frenada imperativa y ahora el enojo del jefe de familia es por su asiento manchado de caramelo.
Un coche negro destartalado es conducido por un señor de unos 40 y pico de años con el gesto mal humorado. La mano derecha en el volante y la izquierda ondeando un bandera azul por fuera del vidrio. En el asiento del copiloto, una mujer se maquilla viendo el espejo del retrovisor. El cuadro familiar se complementa con el niño sentada en el asiento trasero. Tiene la cara pintada de amarillo y ondea una enorme bandera americanista por fuera del vidrio de su lado, en contra esquina de su padre. La diversidad familiar es la principal bandera.
El niño de 10 años, sentado en el asiento del copiloto, le pide una foto a su padre besando su bandera de América. El consentidor jefe de familia baja del coche con la cámara en mano cuando el tráfico tiene una pizca de fluidez y la mujer que conduce avanza ante la insistencia del auto de atrás. El papá trota al lado del vehículo. La mujer frena, el improvisado fotógrafo, prepara la cámara y los claxon no se hacen esperar, la mujer vuelve a arrancar y el padre a trotar. Fue hasta la tercera cuando el agitado papá se acomodó al lado de la puerta del copiloto y logró tomar la foto.
Ya cerca del Azteca, las banderas son el resultado de cansancio mental. Las franelas que ondeaban enjundiosas ahora se arrastran cabizbajas por la falta de fuerza de sus dueños. Mucha gente empieza a recorrer el trayecto faltante a pie. Figuras azules y amarillas se pasean entre coches con la mente puesta en el coloso de Santa Úrsula aprovechando para comprar los cigarros de los vendedores callejeros.
Al conductor que se quedó solo con la responsabilidad del automóvil se le acerca un franelero. Por 100 pesos le ofrece un lugar "seguro" en su cochera o en frente de su casa, según la disponibilidad. Verónica y su marido tienen una hija y un hijo que han formado una "empresa" familiar para cuidar coches de aficionados futboleros. "Vero" y su esposo bajan a Tlalpan y recorren coche a coche asomándose al interior ofreciendo sus servicios. La mujer de la casa se sube al coche que acepta y los lleva adentro del fraccionamiento. Ella tiene que encontrar los clientes mientras su hijo de 16 años acomoda los vehículos. "Le da pena andar correteando coches. Él es rockero", dice sonriente Verónica. El ídolo del joven es Marilyn Manson.
La felicidad es el camino, dicen los de mente positiva. Tlalpan fue este domingo la excepción. Mientras el clasismo representativo de este país se perdía entre coches de último modelo atascados al lado de ejemplares del 66 con un hilo deteniendo el cofre, la lluvia arreció con el Azteca a la vista. Los malhumorados conductores no sabían el precio del sacrificio. Cada minuto de aburrimiento y de coraje pasado sentados en la calle, serían bien pagados. El futbol mexicano presenciaría una de las finales más espectaculares de su historia. Tlalpan fue un purgatorio, el Azteca se vistió de cielo con la victoria de las Águilas del América.












