
Deja ponerme los lentes
para mirarte bien.
Me mandaron el mensaje
que estás espléndida esta noche.
Con la tableta en la mano,
te escribo y te respiro.
Pareces un cuento milenario
que regresa... y eres tú,
solo tú,
en medio de esta altura de silencios
que presides,
en esa hermosura distante.
No te quiero contar las cosas
de aquí abajo, hoy no;
el miedo comienza a apropiarse de las calles
y no tiene nada que ver contigo.
Son dos realidades tan distintas.
Pocos saben verte
y apreciar esas pausas,
cuando te vas
y retornas.
Aquí nos comenzamos a sentir dioses,
ya imaginarás los infiernos que nos esperan.
Perdura ahí en tú inaudita belleza.
Eres el bálsamo nuestro,
sin palabras manifiestas tu esplendor:
humilde y celeste.
Esta noche
te siento debajo de los labios,
en el mentón.
…
La luna llena
al borde de la bóveda,
junto a la copa del árbol,
al caminar,
ella, desde su altura próxima,
alumbra nuestras espaldas;
su luz ensoñadora trastoca a muchos.
Los antiguos la veneraban.
Nosotros muy poco,
habrá algunos más, tal vez.
Su aparición en una noche templada y clara
le retorna su poder puro.
La mujer entiende mejor que uno,
su Luz nocturna, su silenciosa presencia;
es como si supiera nuestro camino,
y nos acompañara
a pesar de las vicisitudes
y dudas que llevamos.
Ella está cierta en su cercanía.








