Jorge Gutiérrez Reyna habló con SinEmbargo sobre La invención de Sor Juana, una rigurosa investigación en la que presenta al lector con los editores de la “Décima Musa”.
Ciudad de México, 1 de febrero (SinEmbargo).– “Todo escritor es él mismo y, además, el personaje que construyen sus editores”, plantea el filólogo Jorge Gutiérrez Reyna al hablar sobre La invención de Sor Juana (Lumen), su obra, que parte de una rigurosa edición crítica de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz y que complementa con otros recursos como una crónica fascinante que honra la labor de los primeros editores de la “Décima Musa”.
“La Sor Juana que conocemos, la ‘Décima Musa’, es una construcción editorial”, expuso en la plática. Ese apelativo, recordó Gutiérrez, no surgió de manera espontánea ni fue una autodenominación, sino que proviene de Inundación castálida, el primer volumen de la obra de Sor Juana publicado en Europa. En ese gesto editorial, platicó, se fija una imagen que perdura hasta nuestros días y que forma parte de lo que el autor denomina “la invención de Sor Juana”. No la invención de su talento o de su grandeza, sino de la figura simbólica bajo la cual su obra ha sido leída, difundida y consagrada.
El punto de partida fue para Gutiérrez Reyna su profunda admiración por la poeta novohispana y la convicción de que el mayor testimonio de ese afecto es el cuidado de sus textos. "No hay una forma mayor de demostrar afecto por un escritor que leerlo tal como él o ella quería ser leído", afirmó. Para el filólogo, la restitución de una edición original es "casi un acto de amor, por muy frío que suene hablar de testimonios, variantes o erratas".
Claro, primero ahondó en los textos y a partir de ellos en las ediciones y sus editores que hicieron posible la transmisión de los textos a lo largo de los siglos. Al rastrear las ediciones, Gutiérrez Reyna se encontró con la necesidad de "humanizar las ediciones: que no fueran solo siglas en una bibliografía, sino el resultado de decisiones tomadas por personas concretas."
Gutiérrez Reyna celebra el rol del editor crítico, una labor que, asegura, "consiste en desaparecer. El buen editor crítico debe volverse invisible, un conducto transparente entre el autor y el lector." Su objetivo con el libro fue precisamente "hacer visible esa labor invisible para entender las antiguas ediciones de Sor Juana como el resultado de las pasiones, los afanes y las inquietudes de hombres y mujeres de carne y hueso."
El autor confiesa que su investigación lo llenó de admiración al preguntarse: "¿por qué Juan Ignacio María de Castorena Ursúa cruza un océano lleno de piratas para editar La fama y obras póstumas; por qué Juan de Orúe y Arbieto enfrenta tantos problemas para publicar Primero sueño; por qué la virreina María Luisa Manrique de Lara se preocupa por llevar un cartapacio a Madrid para publicar a Sor Juana? ¿No tenía nada mejor que hacer?".
El resultado de su trabajo es un homenaje a estos personajes que, con sus pasiones y afanes, permitieron que la obra de Sor Juana llegara hasta nosotros.
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—Jorge Gutiérrez Reyna, muchas gracias por tu tiempo. Este libro es, de alguna manera, un cuaderno de trabajo, pero también una crónica. La forma en que expones tu recorrido —y la manera en que construyes el libro— deja muy clara tu formación filológica: se percibe una edición crítica, pero me gustaría conocer más bien las inquietudes que te llevan a exponer el nacimiento de La invención de Sor Juana.
—Yo soy filólogo de profesión, a eso me dedico, esa es mi formación; no niego la cruz de mi parroquia. La base de este libro es una investigación filológica rigurosa en torno a los textos de la obra de Sor Juana. Lo que me interesa es trazar una genealogía de esos textos con el fin de establecer, como hace toda edición crítica, el texto más fiel posible al original. Y la verdad es que ese proceso es fascinante.
¿Por qué empecé a escribir este libro? Evidentemente porque admiro y estimo profundamente la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, y me parece que el mayor testimonio de ese amor y de esa admiración tiene que ver con el cuidado de los textos. No hay una forma mayor de demostrar afecto por un escritor que leerlo tal como él o ella quería ser leído.
Para mí, restituir las lecciones correctas de la obra de Sor Juana es casi un acto de amor, por muy frío que suene hablar de testimonios, variantes o erratas. Pero, al final, eso es lo que constituye a un escritor: sus textos. Entonces, ¿por qué hice todo este trabajo? Porque quiero leer a Sor Juana de la manera más fiel posible, lo más correctamente posible. Y una vez restituidas esas lecciones, lo bonito es compartirlas. La edición crítica también es un acto de generosidad.
—Esta labor te lleva inevitablemente a los editores, a las ediciones. A partir de las distintas ediciones es que se fija un texto, y detrás de esas ediciones están los editores. ¿Podrías hablar un poco sobre eso?
—Primero están los textos: ¿por qué aquí dice una cosa y allá dice otra? La segunda parte del trabajo es preguntarse por qué en un verso dice “científica oficina” y en otro dice “centrífuga oficina”. ¿Por qué hay dos ediciones con dos palabras distintas?
Ahí es donde uno tiene que mirar las ediciones a través de las cuales se ha transmitido el texto. Una vez rastreadas, hay que establecer la cadena de comunicación: la jerarquía, los caminos por los cuales esas ediciones se conectan entre sí. Eso es lo que en edición crítica se llama un estema. Yo, muy quitado de la pena, los incluí en el libro porque apelo a la inteligencia y a la curiosidad del lector. Me parecía importante mostrar cómo trabaja la filología.
El trabajo con las ediciones fue fascinante porque me obligó a viajar mucho y a visitar muchas bibliotecas. Muchas de las obras de Sor Juana no han sobrevivido bien al paso de los siglos. Los villancicos, Neptuno alegórico, El divino Narciso sobreviven muchas veces en uno o dos ejemplares de la primera edición. Hay que ir a consultarlos. Quise humanizar las ediciones: que no fueran solo siglas en una bibliografía, sino el resultado de decisiones tomadas por personas concretas.
—Alguien que vea el título La invención de Sor Juana, y no lea la obra, podría pensar que estás diciendo que Sor Juana es una invención, cuando en realidad estás analizando el papel de los editores una vez entendida su grandeza. ¿Por qué el nombre?
—El título es deliberadamente provocador. Busca llamar la atención y abrir la discusión. Mi editora, Nayeli García, supo verlo muy bien. Yo, como Sor Juana, quizá hubiera preferido un título más modesto y descriptivo.
A Sor Juana le preguntaban cómo quería que se llamaran sus tomos y ella respondía cosas como “Poemas”. Y los editores decían: “No, que se llame Inundación castálida”, y con eso magnificaban la obra. Sor Juana tendía a títulos simples; los editores los engrandecían: Inundación castálida, Carta atenagórica, La invención de Sor Juana: no estoy diciendo que la grandeza de Sor Juana sea un invento editorial. Eso queda claro a lo largo del libro. Si creyera eso, no habría escrito quinientas páginas.
Lo que sostengo es que todo escritor es él mismo y, además, el personaje que construyen sus editores. Los editores no solo hacen llegar la obra a los lectores, sino también una imagen del autor. La Sor Juana que conocemos, la “Décima Musa”, es una construcción editorial. No apareció de la nada. Ese apodo, por ejemplo, proviene de Inundación castálida, el primer volumen publicado en Europa. A eso me refiero cuando hablo de la invención de Sor Juana.
—Un editor sin focos suele ser un excelente editor. Pero tú muestras a lo largo del libro la importancia de estas figuras que permitieron que la obra de Sor Juana llegara hasta nosotros.
—Yo estoy convencido de que la labor del editor crítico —quizá junto con la traducción— es una de las más generosas de nuestra disciplina, porque consiste en desaparecer. El buen editor crítico debe volverse invisible, un conducto transparente entre el autor y el lector.
Y eso no es común en el mundo literario, donde suele buscarse lo contrario. Yo quise hacer visible esa labor invisible para entender las antiguas ediciones de Sor Juana como el resultado de las pasiones, los afanes y las inquietudes de hombres y mujeres de carne y hueso.
Quise preguntarme por qué Juan Ignacio María de Castorena Ursúa cruza un océano lleno de piratas para editar La fama y obras póstumas; por qué Juan de Orúe y Arbieto enfrenta tantos problemas para publicar Primero sueño; por qué la virreina María Luisa Manrique de Lara se preocupa por llevar un cartapacio a Madrid para publicar a Sor Juana. ¿No tenía nada mejor que hacer?
Me hice esas preguntas y terminé admirando profundamente a esos editores. Incluso a los malos editores de Sor Juana, porque también difundieron su obra. Al final, me volví amigo íntimo de todos ellos. Estuve tentado de dedicarles el libro, pero pensé: “No, es demasiado cursi dedicarle un libro a dos o tres personas que murieron hace trescientos años”.





