
Ciudad de México, 22 mar (SinEmbargo).- “Agradezco lo que han encomendado, porque exige mucha responsabilidad y eso me activa: es una manera de sentirme joven de espíritu a los 75 años”, dice Nancy Bocca, nada más ni nada menos que la madre del argentino Julio Bocca, uno de los bailarines más importantes del mundo.
El artista, ahora retirado de los escenarios, aunque siempre ligado a la danza por su trabajo como director de compañías y de escuelas es, a sus jóvenes 46 años, un referente obligado de este arte en Latinoamérica y un ídolo popular en su país de origen.

Julio, que se encuentra abocado a la tarea de expandir su enseñanza, acaba de inaugurar la tercera sede de la Escuela de Danzas Clásicas y Comedia Musical de la Fundación Julio Bocca, que funcionará en el colegio Dailan Kifki, en Tortuguitas, una localidad en la provincia de Buenos Aires, cercana a la Capital Federal.
La institución educativa, cuya primera versión se inauguró hace 15 años en el Centro Cultural Borges, será coordinada por el ex futbolista Claudio Marangoni, quien incorporó la danza a su escuela de deportes de San Isidro y ahora hace lo propio en la de Tortuguitas.
UN ARGENTINO EN MONTEVIDEO
Julio Bocca dirige desde hace tres años Ballet Nacional del Sodre (designado por José Mujica, el presidente de Uruguay), al frente del cual visitó nuestro país en el 2012, ofreciendo dos funciones, el 28 y el 29 de julio, en el Palacio de Bellas Artes, luego de recorrer Chile, Colombia, Venezuela y Perú con el mismo espectáculo.
Bocca tomó las riendas de esta agrupación, integrada por 68 bailarines, a sabiendas del desafío que implicaba la tarea.
“Antes de que yo estuviera al frente la compañía se ofrecían 25 funciones al año, con apenas 5 personas entre el público, ahora presentamos un promedio de 80 presentaciones con llenos totales”, dijo en conferencia de prensa.
Nacho Duato, Georges Balanchine, Ana María Stekelman, Vicente Nebrada y Martín Inthamoussu, entre otros, son los coreógrafos elegidos por Julio para dar color y estilo propios al Ballet del Sodre, una actividad que concentra la casi totalidad de sus energías, al punto de que ha tenido que abandonar la docencia.
Por dicha razón, fue su madre Nancy Bocca la que tuvo que asumir la dirección de las escuelas: “Cuando dejé la Argentina pensaba: ¿A quién tengo cerca para que se haga cargo de la escuela? Y de pronto me avivé: ¡a mi vieja, qué pelotudo que soy! Si es de quien yo aprendí”, contó el artista al periódico La Nación, de Argentina.
Nancy, informa la publicación, supervisará la parte docente, pero también lo administrativo.
UN ARTISTA EXCEPCIONAL
Julio Bocca es sin dudas un artista excepcional, cuyo talento se ha extendido a su edad madura al punto de convertirlo, en el filo de su “primer tostón”, en una figura serena, inteligente, dedicada a difundir el arte que le dio fama mundial a todo aquel que demuestre destreza y voluntad.
“Nuestra misión es promover la formación de individuos en diferentes disciplinas artísticas con el fin de difundir el arte a nivel masivo y poder contribuir a la cultura en general”, dicen los postulados de la Fundación Julio Bocca.
No debería llamar la atención que el año pasado, por ejemplo, el bailarín fuera designado Embajador de la Cultura Iberoamericana, una distinción que también obtuvieron la escritora brasileña Nélida Piñón y la bailarina española Sara Baras y que todos recibieron en una ceremonia llevada a cabo en Cádiz.
Se trata de un logro más entre los muchos que ha obtenido a lo largo de una carrera prodigiosa que inició cuando Bocca tenía apenas cuatro años y su madre, Nancy, le enseñaba los primeros pasos de baile en su escuela de Munro, una localidad de clase trabajadora en la provincia de Buenos Aires.

En 1985, con tan sólo 18 años de edad, ganó la medalla de oro en el Concurso Internacional de Ballet en Moscú y en 1986 fue invitado al American Ballet Theatre por Mikhail Baryshnikov.
Sus logros en la danza de primer nivel son numerosos, pero lo más importante es lo que Julio Bocca hizo para que la danza, condenada antes de él a un ámbito elitista y excluyente en Argentina, pudiera llegar a las masas.
Es su entrega a la gente, venciendo todo tipo de prejuicios y haciéndose fuerte ante las numerosas críticas que recibió por haber llevado “el Teatro Colón a las calles”, lo que explica el grado de adoración que Julio Bocca tiene entre los argentinos, que lo sitúan, en la escala de los afectos nacionales, al lado de Diego Maradona, de Carlos Gardel, de Charly García.
Precisamente, al rock argentino, en una de sus “herejías” para horrorizar a los puristas del ballet clásico, nunca le ha sido ajeno Julio, tal como lo demuestra el video que protagonizó con Charly para dar vida a la versión de “El día que me quieras” a cargo de la cantante Celeste Carballo.
El cariño popular le permitió, entre otras cosas, retirarse a los 40, después de 27 años de una carrera brillante, durante una gala impresionante llevada a cabo al pie del Obelisco de Buenos Aires, uno de los monumentos más emblemáticos de dicha ciudad sudamericana,.
Fue el 23 de diciembre de 2007, como si fuera un verdadero rockstar, que dijo adiós a la danza profesional, rodeado de amigos famosos y de una multitud calculada en 200 mil personas que se agrupó a su alrededor para agradecerle y expresarle su amor.
Ahora, al frente del Ballet Nacional de Montevideo, dice sentirse “disciplinado, constante, respetuoso… Me siento feliz y muy seguro con lo que estoy haciendo y creo que eso es fundamental: con esa seguridad puedo salir a pelear por lo que quiero conseguir”, según declaró en una extensa entrevista realizada por la revista Hola!, de Argentina.
“Necesitaba tranquilidad, desaparecer… Tenía miedo de quedarme en Buenos Aires y estar todo el tiempo encerrado en mi departamento para evitar los autógrafos, las fotos… Es algo que siempre agradecí, pero necesitaba encontrarme conmigo mismo”, señaló.
“Durante 27 años fui “el primero”, “el de las fotos” y por primera vez me siento con los pies sobre la tierra. Pasó el fanatismo y puedo disfrutar del cariño de la gente desde otro lugar”, dijo Bocca acerca de su estancia en Uruguay, donde según las crónicas tuvo que empezar casi desde cero.
En su retiro descubrió una nueva pasión, la de la cocina, que le permitió ensayar recetas y disfrutar de un hábito que tenía restringido durante su actividad profesional.
Ama los barcos. “Es un sueño que tengo desde siempre y no quiero perderlo. Me encanta leer revistas de náutica. Tal vez algún día venda todo lo que tengo, me compre un barco y me vaya a vivir flotando”, contó.





