
Ciudad de México, 2 mar (SinEmbargo).- La inminente visita de una de las bandas de rock más importantes del mundo, Red Hot Chili Peppers, es buen pretexto para detenerse un instante en la compleja vida de su vocalista, una espiral de drogas, alcohol y espíritu destructivo que representa la cara negra de un frontman inigualable y querido como pocos.
La cara blanca de Anthony Kiedis, nacido el 1 de noviembre de 1962 en Michigan, es sudar y hacer ejercicios, es pasar el infierno de la abstinencia en escondidas playas mexicanas y, sobre todo, es haber llegado vivo hasta aquí, gracias a un momento de claridad que perdura y que parece haber dejado atrás los excesos químicos que han caracterizado la mayor parte de su existencia.
En ese sentido, la autobiografía que el cantante escribió en 2004 junto al periodista Larry Sloman, Scar Tissue, es un conmovedor testimonio de la lucha real y muchas veces infructuosa contra las drogas duras, un camino que realmente suele ser de ida, más allá de los eslóganes, las inútiles alarmas morales y las fórmulas voluntaristas que intentan hacernos creer que dejar de drogarse es solo una cuestión de actitud.
Por esas venas donde antes corría cocaína, speed, heroína negra, heroína persa e incluso, a veces, LSD, ahora transita ozono, “un gas de olor maravilloso” que ha sido utilizado legalmente en Europa durante años para tratar desde accidentes cerebro-vasculares hasta el cáncer.
“Estoy tomando ozono por vía intravenosa porque a lo largo del tiempo, en algún lugar a lo largo de mi vida, contraje hepatitis C causada por mi experimentación con las drogas”, dice el líder de Red Hot Chili Peppers.

Gimnástico, siempre eléctrico, esdrújulamente conformado por su amor a la vida y por su culto a la muerte en partes iguales, Kiedis es el rostro visible de un cuarteto integrado por otros tres rostros tan visibles como el suyo.
Alguien dijo alguna vez que si en un grupo uno tiene a un bajista de la calidad de “Flea”, un baterista como Chad Smith, un guitarrista como John Frusciante (aunque ya no esté en la banda, siempre está) y un vocalista como Anthony, la carrera hacia la cima está plenamente asegurada.
Sin embargo, la ruta hacia el éxito de la banda de fun rock más importante del mundo no siempre fue un plácido camino de rosas. Las espinas de los excesos no sólo derivaron en constantes ires y venires con la Parca por parte de Frusciante y Kiedis: también hubo una muerte por sobredosis del guitarrista israelí Hillel Slovak (1962-1988), un suceso que marcó definitivamente al cuarteto de música generando culpas y pesares difíciles de superar.
Con “Flea” sumido en una honda depresión de la que tardó en levantarse, el joven Kiedis optó por limpiarse de toda droga y apostar por su futuro.
Fue cuando el cantante más acrobático del rock contemporáneo hizo puerto en México y en nuestro suelo comenzó a sacarse de encima su pesada historia, un periplo que incluye —sobre todo— la presencia de un padre absolutamente fiel a los postulados sesentistas, entre ellos una continuada y constante afición a la marihuana y a drogas más duras que no evitó a su vástago.
El letrista a veces solemne y casi siempre triste de “Under the bridge”, transita hoy por una cincuentena saludable que lo muestra como un amoroso padre de un hijo, fruto de su unión con la modelo Heather Christie, de la que ya se separó.
FRANK GERY, 100 LATAS DE CERVEZA y OTRA VEZ LOS CALCETINES
“A finales de junio, la banda recibió un ofrecimiento que no podíamos rechazar: tocar para Paul Allen, uno de los capos de Microsoft, que abría un museo del rock en Seattle, diseñado por Frank Gehry. Para mí era como si Gehry hubiera tomado 100 latas de cerveza y las hubiera estrujado dándole forma de mujer.
El edificio era sexy, tenía curvas metálicas, era más una escultura gigante que un museo. No tocamos bien ese día, debido a algunos “problemas” técnicos bien jodidos, así que para salvar la experiencia, nos pusimos los calcetines para nuestro bis. Fue nostálgico desnudarnos con John. No nos habíamos puesto los calcetines desde Mother’s Milk”.
UNA SEMANA ENTRE LÁGRIMAS Y DROGAS
“Por ese tiempo nos vimos en un concierto de Pearl Jam en Seattle a finales de junio. Teníamos un pequeño descanso de seguir con el tour y pasé la semana entre lágrimas y drogas. Cuando tuve que volver a la gira, ya era 28 de julio y de nuevo estaba débil y delgado.

Volví al tour y no tuve recaídas. Cuando terminamos la gira por los Estados Unidos, empecé de nuevo a cavar mi tumba. Sin trabajo, sin novia y sin compromisos me volví un cerdo salvaje. Me decía constantemente: - Sólo lo hago una vez y mañana lo dejo para siempre.
“El plan era irme para Navidad a ver a mi madre y visitar Saint Barths, en el Caribe, más saludable que nunca. El próximo concierto era el 21 de enero en el Festival de Río de Janeiro. Sin embargo, no puedes empezar y parar y esperar que todo esté bien, porque llega un día en que quieres parar y no puedes. Cada recaída es un nuevo error y el mío se alargaba”.
“De pronto, en la casa de mi madre, durante una noche tuve un momento de claridad. No era la primera vez que me pasaba algo así. En mi juventud, cuando vivía en un edificio de correos en Hollywood Boulevard había estado metiéndome cocaína durante varios días. Estaba en una pequeña nube cuando salí de la habitación y me fui al recibidor. Había una gran ventana. Me asomé y vi el cielo astillado de Hollywood.
“No tienes poder sobre lo que haces en tu vida. Los drogadictos hacen exactamente lo mismo que tú. Tomas el volante y vas hacia donde el mundo de la droga te lleva”, me dije.
Entonces conduje hacia una reunión en Grand Rapids, pero antes de entrar hice una parada y consideré mis opciones. Podía volver hacia atrás y conducir hasta el ghetto o podía volver a mi vida, con mi propio poder para luchar y empezar a cruzar las puertas de la dependencia.
Fui hacia la reunión, me anuncié como un recién llegado y fui recibido con los brazos abiertos. Estaba empezando mi propio rescate, como había hecho en 1 de agosto de 1988 cuando fui a mi primera rehabilitación. Hice un compromiso de estar bien, no quería que pasara más tiempo”.
LA OBSESIÓN INCONTROLABLE, EL MILAGRO VERDADERO
“Fue divertido ver cómo en el primer periodo de sobriedad, durante cinco años y medio, yo no experimentara ningún deseo de tomar drogas. La obsesión incontrolable que había experimentado desde que tenía 11 años había desaparecido y estaba limpio. Era un verdadero milagro.
Cuando salí de la primera rehabilitación, la idea de colocarme era extraña para mí. Yo podía sentarme y mirar fijamente una montaña de coca delante de mi cara y eso no significaba nada. Pero entonces empecé a recaer, la verdad es que mi obsesión con las drogas no se había aliviado un carajo.
Sin embargo, lo que me pareció entonces una maldición trágica, terminó siendo algo bueno: Ahora trabajo duro por mi sobriedad.
Después de todos estos años de abusos con las drogas y accidentes en los árboles, de saltar desde construcciones, de sobrevivir a sobredosis y enfermedades, ahora me siento mejor. Tengo algunas cicatrices suaves, pero todo está bien. Cuando de pronto aparece el pensamiento: - Anthony, ve a una habitación con 2 mil dólares de narcóticos y hazlo ya, miro a mi perro y recuerdo que le prometí que nunca iba a verme drogado”.





