El mexicano David Toscana gana Premio Alfaguara por novela El ejército ciego

27/01/2026 - 9:27 am

El escritor mexicano David Toscana ganó con una novela inspirada en un hecho histórico en el que Basilio II, emperador de Bizancio, ordenó cegar a 15 mil soldados búlgaros.

Ciudad de México, 27 de enero (SinEmbargo).– El escritor mexicano David Toscana ganó el XXIX Premio Alfaguara por su novela El ejército ciego, una obra escrita a partir de un hecho histórico del siglo IX en el que Basilio II, emperador de Bizancio, ordena cegar a 15 mil soldados búlgaros.

Al leer el acta, el presidente del jurado, el escritor mexicano Jorge Volpi indicó que en esta obra Toscana crea”una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia”.

Narrada en primera persona por Kozaro, el Escriba, (el pseudónimo de Toscana) la novela adquiere un tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro. Una gran épica de los vencidos.

El jurado de la XXIX edición de esta premiación está presidido por el escritor mexicano Jorge Volpi, Premio Alfaguara de novela en 2018 por Una novela criminal, y conformado además por la escritora argentina Agustina Bazterrica, la escritora mexicana Brenda Navarro, la scout y programadora cultural, Camila Enrich, el periodista y director de Página Dos (RTVE), Óscar López, y la directora editorial de Alfaguara, Pilar Reyes (con voz pero sin voto).

El galardón está dotado con 175 mil dólares, una escultura de Martín Chirino y la publicación simultánea en todo el territorio de habla hispana. La novela ganadora llegará a las librerías el próximo 26 de marzo.

En esta convocatoria se recibieron mil 140 manuscritos, de los cuales 524 fueron remitidos desde España, 171 de Argentina, 169 de México, 109 de Colombia, 62 de Estados Unidos, 49 de Chile, 34 de Perú y 22 de Uruguay.

"El premio que todos queremos"

Al recibir el galardón, David Toscana asistió a la premiación desde donde señaló que este era el reconocimiento principal que le faltaba, destacando que es el que todos los escritores desean debido a su virtud de publicarse simultáneamente en todos los países de habla hispana, algo sumamente codiciado

"Es el (premio) que queremos, el que queremos todos, precisamente por esta virtud que tiene el premio de que simultáneamente se publica en todos los países de habla hispana y esto es lo que para un escritor es más codiciado", comentó.

Al hablar sobre su obra, Toscana afirmó que no pensó deliberadamente en la época actual al escribir, pues considera que las novelas piensan por sí solas. Al sustentarse en raíces clásicas, dijo la obra habla de nuestra época por consecuencia y no por diseño, declarándose un heredero de los clásicos que busca ser contemporáneo a través del pasado.

Explicó que la raíz común con los Balcanes no es directa, sino literaria, partiendo de un párrafo del cronista bizantino Joanes Esquilites. Mencionó que el libro ilustrado en la Biblioteca Nacional de España fue la fuente de esta "joya" de historia balcánica.

Toscana reveló además que lo más difícil fue reducir los 15 mil ciegos mencionados por Esquilites a un grupo de entre 10 y 15 personajes con historias particulares. Citando a José Donoso, afirmó que las novelas se "descubren" y que esta obra terminó siendo un homenaje a la literatura, la cual no es algo visible, sino algo que se escucha o se toca.

"Fue lo más difícil de escribir la novela... habla de 15 mil ciegos y uno se pregunta, ¿cómo se escribe una novela con 15 mil personajes? Y por supuesto que uno tiene que estar cortando, cortando, cortando hasta quedarse con... unos 10 o 12 o 15 personajes"

El ejército ciego

En El ejército ciego, David Toscana parte de uno de los episodios más atroces de la historia medieval —el cegamiento masivo ordenado por el emperador bizantino Basilio II en el año 1014— para construir una novela que desborda el dato histórico y se instala en el territorio de la fábula, la ironía y la reflexión sobre la memoria. La imagen inicial de los quince mil soldados búlgaros avanzando a tientas hacia su ciudad, guiados por un solo ojo cada cien hombres, no sólo inaugura un relato de crueldad extrema, sino que marca el tono de una obra que interroga la manera en que el poder escribe la historia y borra la voz de los derrotados.

Toscana desplaza el foco del campo de batalla a la vida cotidiana de los vencidos. En la ciudad sitiada, los soldados mutilados intentan recomponer su existencia: algunos se esconden, otros descubren nuevas formas de percibir el mundo, hay quien comercia con ojos de cerámica para ocultar la monstruosidad impuesta. Estas escenas, cargadas de humor negro y extrañeza, convierten la tragedia en un espacio de invención narrativa, donde la ceguera no es sólo física, sino también política e histórica.

La figura del escriba invidente funciona como el corazón simbólico de la novela. Incapaz de copiar textos ajenos, escribe lo que no ha sido escrito: la historia de los ciegos, su derrota y su posible revancha. Con ello, El ejército ciego se vuelve una meditación sobre el acto mismo de narrar y sobre la fragilidad del testimonio de quienes pierden. Inspirada en las crónicas medievales, pero atravesada por una sensibilidad contemporánea, la novela confirma a Toscana como un autor que usa la historia no para reconstruirla, sino para cuestionarla desde los márgenes, con ingenio, poesía e implacable lucidez.

Así comienza El ejército ciego

 Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y verlo todo negro. Preguntan otras cosas. Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres parecen bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos. A muchos les interesa indagar algún trasto sobre la muerte. Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos. Es cierto que a algunos criminales los cortan en partes, los queman y los hacen hollín para que no vuelvan a habitar la tierra. Está escrito que no deben dejarse los cadáveres para que los coman las bestias o los piquen las aves, y ya desde siempre se discute sobre lo que ocurrirá a un hombre si se lo traga una ballena. A Jonás lo escupió luego de tres días. Pero son muchas las embarcaciones que cada año se pierden en el mar junto con todos sus hombres y no se sabe más de ellos. Hay que creer que si la resurrección le llega a alguien en el fondo del mar, se volverá a ahogar. A los navegantes que nunca regresan se les hace un sepulcro. A los cadáveres que llegan a la arena también se les da sepultura aunque nadie sepa quiénes son. Hay sepulcros con cadáveres sin nombre y otros con nombres sin cadáveres. En la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, yo espero tener ojos. Pero no puedo saberlo, como tampoco nadie sabe si quienes murieron viejos serán viejos y los jóvenes, jóvenes, aunque se entiende que los hombres seguirán siendo hombres y las mujeres, mujeres. Yo creo que quienes resuciten habrán de ser jóvenes porque maligno premio sería volver con la carne que ya no sabe de placeres. Alguien me preguntó si echaba más de menos el verde o el azul. No lo había pensado. Le respondí que el azul, y quizás sea verdad. El azul.

Hay preguntas que más valdría no hacer. Y sin embargo la gente las hace. Lo que más me preguntan es cómo quince mil hombres se dejaron sacar los ojos. No alcanza a ser una pregunta. Es un reproche. Su modo de tacharnos de cobardes. «Yo no lo hubiese permitido», dicen. «Antes muerto que dejarme hacer eso». Se arman historias mentales en las que apenas con los puños pelean contra sus verdugos y los vencen a todos. Les escupen, los muerden, los patean. Siempre muy osados. En su mente pueden escapar de cualquier trance. En la taberna cualquiera es el más valiente. En las bravatas de taberna todos hubiesen hecho algo sobrehumano de haber estado en nuestra situación. Pero no estuvieron. ¿No crucificaron a seis mil hombres de Espartaco en el camino que va de Capua a Roma? Cuando cayó la ciudad de Pliska, ¿no tuvieron que ver sus habitantes cómo el enemigo aplastó a cientos de niños con piedras de molino? ¿Acaso no recuerdan los viejos cuando Sviatoslav mandó empalar a veinte mil de los nuestros? «Yo no lo hubiera permitido», dice el que no estuvo ahí, pero cualquiera de ustedes habría terminado en la cruz o empalado o viendo a su hijo como masa de harina; a cualquiera de ustedes le hubiesen sacado los ojos. A Dios mismo lo crucificaron, y de haber querido los romanos, le habrían sacado los ojos y cortado la lengua y la nariz y las orejas. Al Cristo lo aporrearon antes de ejecutarlo. Lo aporrearon tanto que ya iba loco cuando lo montaron en la cruz. Era Dios que se hizo hombre cuando lo azotaron, y entonces fue hombre que se volvió loco y se creyó Dios.

«¿Y quince mil hombres se dejaron sacar los ojos?», alguien volvió a preguntar.

Yo le dije que sí, y que por eso nos volvimos locos.

Obed Rosas

Obed Rosas

Obed Rosas es editor de la Unidad de Investigación y encargado de la sección de Libros de SinEmbargo, en donde también se ha desempeñado como Jefe de Mesa y Editor de Redes. Es conductor de Close UP y Co-conductor, junto a Álvaro Delgado, de Siete Días, programas de SinEmbargo Al Aire. Ha trabajado en otros medios como Expansión, Newsweek en Español y Revista Zócalo. Es licenciado en Comunicación y Periodismo por la FES Aragón de la UNAM y estudió, además, Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma casa de estudios.

Lo dice el reportero